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septiembre 7, 2018

Caritas llenas de fe

Por: Filiberto Monter Santiago

Una comunidad donde día a día la gente, con la bendición de Dios, vive, trabaja y se encomienda, despide al obispo de la séptima visita pastoral.

La visita pastoral a Huauchinango cierra de forma especial y única, ya que esta se prolonga hasta por tres días, como en ninguna de las anteriores seis sedes había sucedido.

Muy de mañana, el jueves 6 de septiembre, se reza el Laudes al interior de la parroquia; el obispo, junto a sacerdotes, son acompañados por la comunidad que de cierta forma acude a despedir a las visitas.

No obstante el patio parroquial luce repleto: alrededor de 300 personas de la tercera edad aguardan la llegada de Mons. Domingo Díaz Martínez.

En sus rostros se ve esperanza, impaciencia y emoción de poder estar cerca de él; saben que platicará con ellos, pero no saben de qué forma, qué les dirá, cómo los tratará.

Uno a uno, en su silla, unos más jóvenes que otros, algunos acompañados por su pareja, con la cabecita blanca, mujeres maquilladas, otros más con bastón, la bolsa del mandado o el monedero.

Guapos todos reciben al obispo. Él, con su cercanía ofrecida durante tres días, se dirige para llenarlos de esperanza y dejarles una misión: “Hablen de las buenas costumbres, ustedes tienen autoridad moral para hacerlo, para que no se pierdan los valores”.

Y agrega: “Hablemos de las experiencias a nuestras familias, experiencias positivas, con el fin de fortalecer la vida de la Iglesia”.

En intercambio de experiencias algunos toman el micrófono para agradecerle su visita, para decirle que su recuerdo los llevaba años atrás cuando se casaron en la iglesia de Huauchinango, cuando hicieron su primera comunión.

Otros se acercan para mostrarle billetes y monedas antiguas, folletos o algún artículo de antaño; muchos más aprovechan para saludarlo, tenderle la mano o pedirle su bendición. La algarabía se suelta cuando una mujer le dice que en ese día celebra su aniversario de bodas.

El obispo bendice a la pareja y ellos, muy gustosos, luego de charlar con él, se alejan poco a poco tomados de la mano, como si apenas iniciara su caminar de novios.

El párroco, tras la escucha, asegura: “Bendigan a sus hijos, no dejen de darles la bendición antes de que salgan de casa”; en alusión al hecho de que ese valor se pierde cada vez más.

Xilocuautla

Pero el día no se detiene ahí, se zarpa hacia el encuentro con personas de la comunidad de Xilocuautla, ubicada al sur de la parroquia.

La salva de cohetes suena ante la llegada de Mons. Domingo Díaz Martínez, el sonido se mezcla con el repique de campanas y las vivas lanzadas desde el cúmulo de gente reunida.

Con vestimenta típica mujeres enfloran a los sacerdotes y lo hacen caminar hasta su templo dedicado a Santiago Apóstol; la música de banda no deja de sonar durante el trayecto.

Una vez sentado, el obispo saluda a la comunidad que se muestra callada, atenta a la escucha de la palabra que llega hasta muy cerca de casa.

Ahí también se encuentran personas de Tepehuaquila, Xopanapa, Mirador, Ocpaco, Aguacatlán, Ixhuacatla y Ixtazoquitla; de hecho sus fiscales reciben listones para sus bastones.

Emocionados informan su trabajo pastoral, ya que a pesar de la distancia y lejanía territorial los obstáculos se vencen para difundir el Evangelio; prueba de ello la llamada Biblia peregrina.

De viva voz el obispo pide siempre buscar la luz, como la que emana de sus velas encendidas durante el encuentro, y caminar con ella al encuentro con Cristo.

Cuacuila

Avanza el día, bajo los rayos de sol en su máximo punto, la caravana con el obispo llega hasta Cuacuila, región centro que recibe con gran alegría al arzobispo de Tulancingo.

Suena la banda de viento para acompañar al obispo ya enflorado, pétalos de rosa son la guía en la calle que lleva hasta el templo de la Purificación de María Santísima, moderno por cierto, y a un costado el templo desgastado por el pasar de los años.

La comunidad indígena dirige a Mons. Domingo Díaz Martínez bajo las notas de la xochipitzahuatl; el obispo toma de la mano a una niña, ambos caminan y se voltean a ver al rostro luego de unos pasos, sonríen; es el reflejo del encuentro de pastor y oveja.

La salva de cohetes hace su mayor bullicio cuando el contingente ingresa al complejo atrial, entonces cuatro voladores se tiran desde el poste para ofrecer al arzobispo su acto de valentía, su momento de cultura, su trabajo de día a día en la Sierra Norte de Puebla.

Hay gente también de Tlacomulco, Venta Grande, Venta Chica, Puga y Tlacoyunga.

En este lugar también exponen la realidad de su trabajo pastoral encabezado por el fiscal en turno; el obispo exhorta: “Asistan a Misa dominical, promuevan la catequesis y sean caritativos con quien lo necesita; ayudemos a los pobres”, sentencia.

Huilacapixtla

El mapa indica que el siguiente punto de encuentro es al norte de la parroquia, con sede en Huilacapixtla, comunidad pequeña, pero donde también hay gente de Sifón, Terrazas, Michuca, Matlaluca, Nopala y Cuauxinca.

El camino es largo luego de su ingreso principal, pero en el camino ya lucen muestras de recibimiento: algunos globos, cartulinas con mensajes y niños pegados a la malla de su escuela; aguardan al paso del obispo.

En las inmediaciones de la capilla dedicada a San Antonio de Padua y Santa María de Guadalupe espera la banda, el olor a incienso, las flores y los coheteros; todos esperan la llegada del obispo, aunque se dicen distinguidos con la tercera visita del pastor hasta esa zona de Huauchinango.

No sobran las banderitas de colores amarillo y blanco, tampoco los bastones, los listones de colores; mucho menos las mujeres con su vestimenta típica náhuatl, la gran cantidad de niños y algunos jóvenes que ofrecen gustosos sus bailes típicos.

De manera protocolaria se informa sobre el trabajo de catequistas, seminaristas y religiosas; el acompañamiento que reciben es reconocido por ellos mismos, porque con eso se dicen listos al momento en que recibirán algún sacramento.

El obispo irrumpe con sus palabras: “Venimos a visitarlos porque los queremos. Muchas gracias por recibirnos, vimos que sus caritas mostraban fe, y eso es lo que nos llevamos”.

Suenan dianas desde la banda de viento, la comida se sirve y la comunidad convive ante la llegada de sus pastores.

Previo a la despedida unos se acercan a obsequiarle algo al obispo, otros lo aprovechan para que bendiga sus carros, el párroco reparte dulces, niños corren con su helado en las manos, policías salen de lugar al percatarse de la serenidad del encuentro, la tarde cae y a lo lejos se mira la cúpula de la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción.

Unos aprovechan el paisaje para tomarse fotos del recuerdo, los sacerdotes son despedidos con gran cariño, hasta con pollos vivos como regalo; el obispo levanta las manos para decir adiós y los carros salen de la comunidad enclavada entre los cerros, rodeada de paisajes naturales, desde donde día a día la gente, con la bendición de Dios, vive, trabaja y se encomienda; pero que con motivo de la visita siempre muestra caritas llenas de fe.

 






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