Editorial

julio 27, 2016

Conectados y comunicados

Por: Felipe de J. Monroy @monroyfelipe Periodista

Aunque en ocasiones pareciera que la internet ha destruido las barreras y las distancias, nos olvidamos que el vertiginoso recorrido lo realiza la imaginación humana en diálogo con la ciencia.

Vivimos la era de las comunicaciones. Y no sólo me refiero a las telecomunicaciones, los medios de comunicación masiva o la conexión a redes de datos. Es cierto que los avances tecnológicos nos ofrecen perspectivas infinitas respecto a los horizontes por descubrir y conquistar gracias a aplicaciones y nuevos medios de comunicación, pero también gozamos ahora un mejor enlace entre los poblados y las poblaciones.

Esto puede contemplarse en la disminución de tiempos en los recorridos de las distancias que hay entre las ciudades o entre los países, en los medios de transporte cada vez más eficientes y rápidos, en los viajes que cada vez están más al alcance de la persona promedio en todos los países.

A mediados del siglo XIX, el geógrafo mexicano Antonio García Cubas recorría amplios trechos del país a lomo de caballo con su equipo de trabajo: un topógrafo, una Familia dibujante y un explorador. Por fortuna, era además un gran cronista y sus aventuras quedaron plasmadas en largas relatorías de viaje, gracias a las cuales hoy podemos imaginar lo difícil que era explorar esta vasta tierra mexicana (en esa época para cruzar el Lago de Texcoco de la Ciudad de México hacia Acolman podía llevar casi un día entero).

Con la aparición de la locomotora y otros medios de transporte los viajes comenzaron a estar más al alcance de ciertos grupos sociales, o al menos en su deseo. El caso que mejor refleja este sentimiento es el del escritor mexicano Manuel Gutiérrez Nájera. En varios de sus relatos describe perfectamente el ambiente parisino o las calles romanas, pero se dice que su viaje más largo que hizo en su vida fue de la Ciudad de México a Puebla.

Hoy no es raro que los oficios o los trabajos de la clase media mexicana exijan por lo menos ciertos viajes a la República; y, extraordinariamente, al extranjero, principalmente a los Estados Unidos, Brasil o a España. También, durante los tiempos de esparcimiento o vacación la gente tiene mayores oportunidades de acudir a diferentes centros turísticos en México o fuera.

Hoy, la mayoría de las crónicas modernas de estos viajes de placer o de trabajo se hacen a través de selfies, cambios de status y confirmaciones de ingreso en las muchas plataformas de redes sociales existentes. Hace años tuve oportunidad de viajar a cinco ciudades europeas junto a un amplio grupo de periodistas de todas las edades.

Nada más llegar, algunos colegas tenían sus rituales muy específicos: dos de ellos registraban su ingreso en Tinder, esperando que alguna persona pudiera quedar con ellos tras las jornadas de trabajo; la gran mayoría se tomaba una selfie y la compartía en su Facebook o Twitter. Sólo uno se tomaba tiempo para elegir unas cinco postales, comprar los timbres de correo y enviarlas a familiares o amigos.

La necesidad de comunicarnos y estar conectados es vital. Y, aunque en ocasiones pareciera que la internet ha destruido las barreras y las distancias, nos olvidamos que el vertiginoso recorrido lo realiza la imaginación humana en diálogo con la ciencia. Al igual que en el pasado, es muy importante recordar que toda distancia se recorre a través del esfuerzo.

Eso fue lo que aprendí del último periodista: cierta noche, mientras llegábamos a uno de los destinos, el departamento de seguridad nacional había bloqueado el wifi y la red de telefonía en el aeropuerto debido a una amenaza terrorista. El único que pudo enviar un mensaje fue el colega de las tarjetas postales.

En oración por Erika Natalif Xolaltenco Tlatelpa, q.e.p.d.






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