Editorial

noviembre 19, 2015

Cristo, Rey de nuestra vida

Por: Pbro. Miguel Ángel Rangel Ordoñez Diócesis de Tula

Quienes aceptamos a Jesús como nuestro Señor, la felicidad y el amor para lo que nos hizo serán verdad en nuestra existencia.

Cuando Dios creó al hombre le hizo el encargo de dominar la creación. Pero resulta que por obra del pecado el ser humano ya no resulta señor de las criaturas, sino muchas veces esclavo de ellas; por esta razón Dios, nuestro Padre, queriendo con infinita misericordia sanar tantos males, quiso volver a empezar su obra no desafiando el universo y creando uno nuevo, sino redimiendo, sanando, salvando y santificando.

Pero hay un hombre a través del cual el Señor recuperó su señorío en toda la creación: Jesucristo. Cerramos el año litúrgico celebrando con toda la Iglesia a Jesucristo, no como esclavo de todas las criaturas, sino como el Señor de ellas y de todo cuanto existe.

Una primera aplicación práctica y actual sería cuando una persona no tiene dinero sino que el dinero la tiene a ella, cuando una persona no tiene placer sino que el placer lo tiene a él; ese no es rey, ese es esclavo. Por lo tanto, la primer enseñanza: que en Jesucristo la humanidad recupere el primer deseo de Dios.

Y en Jesucristo, uniéndonos a Él, nosotros dejamos de ser esclavos de las cosas y podemos ser señores de ellas; porque nuestra sociedad occidental, tecnológicamente tan avanzada, sigue reservando su admiración para aquellos que tienen verdadero poder sobre ellos mismos.

Por eso hoy o por hoy, nosotros, occidentales, volvemos nuestros ojos hacia Oriente e intentamos buscar en los caminos de las meditaciones y de los mantras, recursos espirituales, técnicas de relajación y muchas otras cosas.

¿Qué es lo que busca ese hombre moderno que eres tú, ella o yo, cuando coqueteamos con las espiritualidades occidentales, cuando leemos libros que utilizan la palabra espiritualidad. ¿Qué mendigamos? ¿Qué anhela nuestro corazón en eso? Libertad.

Pues bien, esos anhelos de nuestro corazón y esa búsqueda del gran para qué, muestran que no somos dueños de nuestra propia vida, no nos poseemos a nosotros mismos, son otros los que nos poseen, son otros los que nos gobiernan a través de los hilos de la publicidad. Lo más sorprendente es que hoy le hacemos caso hasta a la lectura de los caracoles; se pueden imaginar si buscamos respuesta en los moluscos, ¿cómo andaremos?

¿De qué sirven estrategias para aplastar a otras personas si no logro la victoria sobre mí? ¿Si no logro cumplir mis propios objetivos, si mis metas se me escapan una y otra vez? ¿De qué sirve que yo tenga un gran puesto o un gran sueldo?

Por eso el corazón humano permanecerá descontento, agrio, amargado e insatisfecho mientras no encuentre nuevamente una clave para ser dueño de sí mismo; por eso volvemos nuestros ojos, la Sagrada Biblia y en ella descubrimos que cuando el hombre se revela contra Dios, su propio ser se revela contra él mismo.

El plan de mi vida, el plan fundamental, el norte, no los encontraré hasta que no halle a aquel que hizo ese plan, aquel que puso esa luz, aquel que sembró ese amor en mi existencia.

Eso es lo que nosotros pasamos cuando encontramos a Jesucristo, y en Él hallamos ese plan fundamental. No es una palabra simplemente, no es una enseñanza, cariño o simpatía. Es encontrar la clave fundamental y radical de mi existencia.

En Jesucristo, Dios ha devuelto el orden a tu vida; es Cristo el rey de tu existencia, es Él quien manda en tu vida, el que da la luz fundamental a tus proyectos, el que ayuda a discernir tus amistades, el que te ayuda a reconocer en tus recuerdos qué es y qué no es.

Feliz el que tiene a Cristo como Rey, ese tiene el plan, ese plan original para lo que fue creado; quienes aceptamos a Jesús como nuestro Señor, la felicidad y el amor para lo que nos hizo serán verdad en nuestra existencia.






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