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enero 3, 2020

Cultivar el sentido de la vida

Por: Dra. Lourdes Lavaniegos González / Rectora Universidad La Salle Pachuca

Las parábolas eran para el Señor Jesús, la forma de acercar la comprensión del misterio de Dios a quienes lo escuchaban.

Funcionaban porque el narrador daba continuo testimonio de lo que creía con sus acciones, con su forma de tratar al prójimo y con la entereza para develar la verdad.

Una forma de convertirnos en buenos testigos, resulta de meditar las parábolas y aplicarlas a nuestra vida: el Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma (Mc 4,26-28).

¿Soy tierra que da fruto por sí misma o me falta abonarla, aflojarla o regarla? Nunca será mi tierra perfecta, pero no quiero que se vuelva árida, y en este equilibrio entre la aridez y la fertilidad nos movemos los seres humanos.

Pero no podemos olvidarnos de que somos capaces de albergar semillas, y aunque hayamos fallado muchas veces, cada día del nuevo año es una oportunidad para arrancar la hierba mala, ese pequeño detalle ante el que cierro los ojos por no creerme capaz de superar.

Si me lo propongo y lo pongo en presencia de Dios, es más fácil que lo pueda lograr.

 

 






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