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diciembre 14, 2018

El amigo Yahvista nos presenta la respuesta de Dios

Por: Pbro. Jorge Luis Anaya Merino / Arquidiócesis de Tulancingo

Para concluir la comprensión del pecado en la humanidad basta saber quién tiene en realidad la última palabra.

El texto juega con el término hebreo šuf, que tiene el doble significado de pisar y acechar: «Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar» (3,15). Es el primer destello de salvación y se le ha llamado “Protoevangelio”, es decir, la “primera alegre noticia”.

La condena afecta a los culpables en sus actividades esenciales, a la mujer como madre y esposa, al hombre como trabajador. El pecado trastorna el orden intentado por Dios: en vez de ser la asociada del hombre y su igual (recordemos el uso de ‘îš e ‘îššáh 2,18-24), la mujer será la seductora del hombre que la sujetará para tener hijos en ella: «Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará» (3,16).

Por su parte, en vez de ser el jardinero de Dios en Edén, el hombre luchará contra una tierra que se ha vuelto hostil: «Maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo (’adāmah) y al polvo tornarás» (3,17-18).

Pero el gran castigo es la pérdida de la familiaridad con Dios: «Y le echó el Señor Dios del jardín de Edén, para que labrara el suelo de donde había sido tomado» (3,23).

Se trata de penas hereditarias, es decir, que pasan de generación en generación a toda la humanidad, por eso nuestro amigo Yahvista nos ayuda a penetrar lo que está en el origen o en la base no solo del pecado, sino de todo pecado.

Al narrar así esta historia nos ayuda a mirar en nuestra propia historia la situación de pecado en la que nacemos y vivimos cada vez que nos dejamos seducir por la tentación.

Posteriormente, en el Nuevo Testamento (NT), mi amigo San Pablo nos ayudará a profundizar en esta realidad en la Carta a los Romanos, capítulo 5.

 






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