CATEQUESIS

abril 6, 2016

El catequista, signo del amor de Dios

 

Por: Pbro. Flavio Naranjo Martínez Diócesis de Huejutla

Como educador genial y previsor, el Señor transforma los acontecimientos de la vida de su pueblo en lecciones de sabiduría, adaptándose a las diversas edades y situaciones.

El Directorio General para la Catequesis (No. 139) nos dice: «En analogía con las costumbres humanas y según las categorías culturales de cada tiempo, la Sagrada Escritura nos presenta a Dios como un padre misericordioso, un maestro, un sabio que toma a su cargo a la persona —individuo y comunidad- en las condiciones en que se encuentra, la libera de los vínculos del mal, la atrae hacia sí con lazos de amor, la hace crecer progresiva y pacientemente hacia la madurez de hijo libre, el y obediente a su palabra».

A este fin, como educador genial y previsor, el Señor transforma los acontecimientos de la vida de su pueblo en lecciones de sabiduría, adaptándose a las diversas edades y situaciones. A través de la instrucción y de la catequesis pone en sus manos un mensaje que se va transmitiendo de generación en generación, lo corrige recordándole el premio y el castigo y convierte en formativas las mismas pruebas y sufrimientos.

En realidad, favorecer el encuentro de una persona con Dios, que es tarea del catequista, significa poner en el centro y hacer propia la  relación que el Señor tiene con la persona y dejarse guiar por Él. Recordemos lo que hemos dicho por tanto tiempo en estas letras, la catequesis no es únicamente transmitir sólo conceptos, va más allá, es transmitir una experiencia de fe, de vida.

Decir Dios es profesar ante el mundo el sentido profundo de nuestra vida y la razón de ser de mundo y de su historia. Es compartir la experiencia de ese Dios, Padre misericordioso que camina con su pueblo y que vela por sus hijos. Que se hace presente en los acontecimientos de la vida personal del catequista y que es capaz de iluminar no sólo la propia vida, sino la de los demás.

La catequesis se convierte así no sólo en una enseñanza sino en un testimonio de fe, de esperanza y de experiencia en el amor del Señor. Es la capacidad de transmitir la experiencia que para Dios nosotros somos, contamos y existimos; decir que el Señor nos mira es decir que nos cuida con amor de Padre y nos hace capaces de poder transmitir esa experiencia.

Una experiencia que ayuda a comprender y profundizar la historia de la salvación expresada por la Sagrada Escritura que no sólo es la historia de salvación de la humanidad sino la propia historia, que delante de Dios toma sentido y se trasciende.

Es esta experiencia la que hace buscar de manera profunda y seria los auxilios que el Señor mismo ofrece para mantenerse en el amor; es decir, los sacramentos que alimentan profundamente la vida del cristiano y que para el catequista se convierten en necesarios para fortalecer la vida de fe; Reconciliación y Eucaristía serán entonces para el catequista sacramentos indispensables en su vida ordinaria.

Así toda nuestra vida se realiza bajo la mirada bondadosa de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Teniendo la capacidad de descubrir su presencia providente en todos los momentos de la vida, lo que se convierte en motivo de gozo, paz interior y confianza. Así, la presencia del catequista entre los catequizandos y en medio de la comunidad debe ser manifestación de la bondad del Señor para cada uno.

 






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