Para conocer sobre liturgia

enero 23, 2018

El día del Señor y el día de la Iglesia

Hna. M. Guadalupe Puente Cuevas / Misionera de Jesús Hostia

La participación en la asamblea dominical permite reconocerse en torno a un único altar 

El «día del Señor» 

Para la Iglesia de Jesús el verdadero día del Señor  ya no será aquel en el que Dios descansó de sus obras (cf. Gen 2,2-3), sino el que él eligió para dar comienzo a una nueva creación y a una nueva humanidad por medio de la Resurrección de Cristo (cf. 1 Cor 15,20; Ef 2,15).

La Iglesia comenzó a celebrar el recuerdo de la Resurrección del Señor el mismo día en que el Señor resucitó y se apareció a sus discípulos, desde entonces los cristianos celebran aquel día y aquel misterio.

Los cristianos de los primeros tiempos, que dieron el nombre de día del Señor al primer día de la semana, querían celebrar a Jesús con el nombre sobre todo nombre que le dio el Padre en la glorificación (cf. Flp 2,9; Hch 2,36), el único nombre que puede salvar (cf. Rom 10,9- 13) y que invocaban en el momento del Bautismo: ¡Señor Jesús! (cf.Hch8,37; 1 Cor 12,3).

El Cocilio Vaticano II dice: «En este día los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la Palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la pasión, la Resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios, que los hizo renacer a la viva esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos» (1 Pe 1,3). (SC 106)

El «día de la Iglesia»

El domingo no sólo es día del Señor, es también día de la Iglesia; es decir, de la asamblea litúrgica o reunión de los discípulos de Jesús en su nombre. La asamblea cultural cristiana disfruta de la presencia del Señor, que prometió estar allí donde dos o más se reunieran en su nombre (cf. Mt 18,20; 28,20).

La asamblea cristiana es así el primer signo de la presencia del Señor en medio de los suyos, un signo verdadero que manifiesta, en el encontrarse muchos «reunidos en común» (cf. 1 Cor 11,20) y formar «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32), la unidad del cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia.

La participación en la asamblea dominical permite a los miembros de la Iglesia reconocerse como tales, al formar parte de la Iglesia verdadera y santa, congregada y presidida por el pastor en la unidad de una sola fe, en torno a un único altar y ante una sola Eucaristía.

Los santos padres urgían de este modo la presencia de los fieles en la asamblea dominical: «Que nadie sea causa de merma para la Iglesia al no asistir, ni el Cuerpo de Cristo se vea menguado en uno de sus miembros… No se engañen a ustedes mismos y no priven a nuestro Señor de sus miembros, ni desgarren o dispersen su cuerpo. No antepongan sus asuntos a la Palabra de Dios, sino abandonen todo en el día del Señor y corran con diligencia a sus asambleas, pues aquí está su alabanza. Si no, ¿qué excusa tendrán ante Dios los que no se reúnen el día del Señor para escuchar la palabra de vida y nutrirse del alimento divino que permanece eternamente?» (Didascalia Apostolorum 13).

La comunidad y sus pastores

La forma más plena y perfecta de la asamblea litúrgica dominical se produce cuando la comunidad está reunida entorno a su obispo a aquellos que, asociados a él por el orden sagrado, lo representan legítimamente en cada una de las porciones del pueblo de Dios que son las parroquias.

Hay que trabajar para que florezca el sentido comunitario parroquial, sobre todo en la celebración común de la misa dominical» (CS 42; cf. CD 30). Un grupo eclesial, un movimiento, por sí solos, no son asamblea; ellos mismos forman parte de la asamblea dominical, del mismo modo que son parte de la Iglesia.

El Cuerpo del Señor no sólo se empobrece a causa de la ausencia de los que no acuden a la asamblea, sino también a causa de los que, rehuyendo una mesa más amplia, aspiran a encontrarse en una reunión más selecta (cf. 1 Cor 11,17-22; Heb 10,24-25).

 

 






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