Editorial

febrero 28, 2019

El futuro de la sociedad está en la familia

†Mons. Juan Pedro Juárez Meléndez Obispo de Tula 

En los últimos años mucho se ha hablado y escrito sobre la familia y la importancia que tiene dentro del tejido social.

Sociológicamente siempre se ha dicho que es la célula de la sociedad y, si es así, cuando deja de serlo hay serios problemas no solo al interior de la misma, sino también en el buen funcionamiento de la sociedad, formada precisamente por el conjunto de todas las familias en un determinado tiempo y lugar del planeta.

En la Iglesia la familia también juega un papel decisivo en la formación y educación de los valores de los hijos, y de los demás miembros que la integran.

Por ello la enseñanza habla de la familia como la “Iglesia doméstica”, la “escuela de la fe” en la que se aprenden los más altos y nobles valores humanos y religiosos que facilitarán una sana convivencia en cualquier núcleo social en donde se encuentra enmarcada la familia y la consecuente transformación de la sociedad, poniendo al servicio de ella los valores que se hayan aprendido en el hogar.

Hoy vivimos grandes problemas sociales, políticos, económicos y religiosos que se manifiestan de múltiples formas: inseguridad, violencia, robos, desaparición de personas, corrupción, impunidad, desintegración familiar, falta de respeto a la vida en sus diversas etapas de desarrollo, individualismo, indiferentismo religioso, falta de solidaridad y agresiones irreversibles a nuestra casa común por falta de cultura ecológica.

Todo lo cual nos ha llevado a un rompimiento del tejido social, a vivir en la cultura de la ilegalidad y en un relativismo moral en nuestro comportamiento con los demás.

Ante este preocupante panorama no podemos quejarnos, buscar culpables mientras nos cruzamos de brazos o encerrarnos en nuestro cómodo individualismo pensando: “Mientras no le pase algo así a alguien de mi familia, lo demás no me importa”.

Mientras no tomemos en serio nuestra propia responsabilidad desde nuestras familias, el mundo en el que vivimos no cambiará; el mundo más fraterno, justo, reconciliado y en paz, en el que todos podamos ser felices, seguirá siendo un anhelo y sueño inalcanzable.

En nuestro tiempo, donde los derechos humanos tienen un papel muy importante y donde la persona y su dignidad debería estar al centro de todo progreso humano, sustentable, armónico e integral, tal parece que nos empeñamos en hacer todo lo contrario.

Si deseamos construir un mundo mejor no olvidemos que la familia es una célula vital. Nuestras familias deberían ser la “primera escuela “de los valores humanos, el ámbito de la socialización primera, lugar donde se aprende a escuchar, compartir, soportar, respetar, ayudar y convivir con “el otro”.

Debilitar a la familia perjudica frontalmente a la sociedad, por ello el Papa Francisco, en su viaje a Cuba, decía: «Cuidemos con amor la vida de nuestras familias, porque ellas no son un problema, sino principalmente una oportunidad».






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