CATEQUESIS

Mayo 30, 2017

El misterio pascual (cuarta parte)

Pbro. Usbaldo Castaño Zapatan / Arquidiócesis de Tulancingo

La ascensión del Señor es plenitud de las promesas, prueba de su condición de mesías, plenitud de su sacerdocio que intercede por todos ante el Padre. 

La ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celestial de Dios; es decir, en su gloria.

Jesús, cabeza de la Iglesia, nos precede en el reino glorioso de su Padre, para que nosotros miembros de su cuerpo vivamos en la esperanza de estar un día con Él eternamente.

Jesucristo, habiendo entrado de una vez por todas en el santuario del cielo, intercede sin cesar por nosotros como mediador que nos asegura de manera permanente la efusión del Espíritu Santo.

El cuerpo de Jesús fue glorificado desde el momento de la Resurrección, como lo prueban las propiedades nuevas, como presentarse de repente en medio de sus discípulos que estaban a puerta cerrada.

Como desaparecer de repente, presentarse de manera real pero de manera velada, como sucede con los discípulos de Emaús; todo esto nos habla de una transformación de su propio cuerpo.

La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada en la nube (Hch 1,9; Lc 9,34-37; Ex 13,22).

Esta etapa de la vida de Jesús permanece unida a la primera, la encarnación: «Sólo el que ha salido del Padre puede volver al Padre» (cfr Jn 16,38); «Nadie ha subido  al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre» (Jn 3,13); (cfr. Ef 4,8-10).

Jesús es el sumo sacerdote de la nueva alianza, no penetró en un santuario hecho por manos de hombres, sino en el cielo, para interceder ante Dios en favor nuestro.

La ascensión del Señor es plenitud de las promesas, prueba de su condición de mesías, plenitud de su sacerdocio que intercede por todos ante el Padre, garantía de que estará con nosotros hasta el n del mundo.

 

 






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