CATEQUESIS

diciembre 13, 2018

El octavo mandamiento

Por: Pbro. Usbaldo Castaño Zapata / Arquidiócesis de Tulancingo

Se dijo a los antepasados no jurarás: «No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos» (Mt 5,33).

El octavo mandamiento prohíbe falsear la verdad en las relaciones con los demás, este mandamiento deriva de la vocación de ser testigo de Dios, quien es la verdad y quiere la verdad; las ofensas contra la verdad se dan no sólo de palabra, sino también con los actos.

El hombre busca naturalmente la verdad y está obligado a honrarla y atestiguarla; por su dignidad de ser persona se ve impulsado por su naturaleza a buscar la verdad.

Además tiene la obligación moral de hacerlo, sobre todo con relación a la verdad religiosa; está además obligado a adherirse a la verdad una vez que la ha conocido y a ordenar toda su vida según sus exigencias.

La verdad como rectitud de acción y de palabra tiene por nombre veracidad, sinceridad o franqueza; es la acción que consiste en mostrarse auténtico tanto en los actos como en las palabras, así como evitar la simulación, la hipocresía o el fingimiento.

La verdad construye la confianza, si esta no existiera los hombres no podrían vivir en paz; la sinceridad observa un justo medio entre lo que debe ser expresado y el secreto que debe ser guardado, por ello la verdad implica honradez y discreción.

La práctica del bien va acompañada de un placer espiritual gratuito y de la belleza moral, de igual modo la verdad entraña el gozo y el esplendor de la belleza espiritual; la verdad es bella por sí misma y necesaria al hombre dotado de inteligencia.

La honestidad y la veracidad son dos virtudes que le abren al hombre todas las puertas.

 

 






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