CATEQUESIS

marzo 11, 2016

Enviados en el nombre del Señor

Por: Pbro. Flavio Naranjo Martínez /Diócesis de Huejutla

El mensaje no debe estar sujeto al sentimiento de las personas, tiene que anunciarse aún cuando incomode, pues el Evangelio viene a mostrar lo que está equivocado.

En la lectura de la Biblia hay un texto que en lo personal me impresiona y me pone a reflexionar sobre todo por lo fuerte de su contenido (Mc 3,14-15): «Así instituyó a los Doce (a los que llamó también apóstoles), para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, dándoles poder para echar demonios».

El Señor envía a sus discípulos a predicar con autoridad, quiere que sus discípulos puedan expresar su palabra convencido, con firmeza, dirían las escrituras: «Predicando como quien tiene autoridad». Es por ello que el catequista tiene que tomar conciencia de esta autoridad que le ha sido conferida de su Señor, para llevar a cabo la obra de la enseñanza de la fe.

El catequista no debe tener miedo de proclamar a todo el mundo el mensaje de salvación que se le ha entregado. Recordemos que Jesucristo hablaba como quien tiene autoridad y es con esta misma autoridad que envía a sus discípulos: «Como el Padre me envío a mí, así los envío yo también» (Jn 20,21).

Además es esta conciencia de ser enviados la que no permite que el catequista se sienta maestro absoluto o dueño de lo que enseña. Por el contrario, ha de ser el dispensador de este don que ha recibido, debe hacerlo y decirlo todo por Cristo y no en orden a título personal. Le exige escuchar la palabra de una manera dócil, y el valor de anunciarlo a quienes va a catequizar.

Cuantas veces hay la tentación de quedarse callado porque el mensaje evangélico que se va a dar puede molestar a don sultano o a don fulano; ¿cómo lo va a interpretar? Ese mensaje no debe estar sujeto al sentimiento de las personas, tiene que anunciarse aún cuando incomode, pues el Evangelio viene a mostrar lo que está equivocado, aquello que va en contra del reino de Dios.

Por eso, este mensaje requiere fidelidad a la Palabra del Señor. Tampoco se vale manipular el mensaje de Dios para fines personales, que puede ser un riesgo en la predicación del mensaje evangélico.

En las parroquias o a nivel diocesano debe implementarse el “envío de catequistas” al comienzo de cada curso, pues esto es signo en la Iglesia diocesana de la autoridad con que el catequista queda investido para cumplir su tarea de evangelización.

Su misión es la misión de la Iglesia, su madre y maestra: dar a conocer a todo el mundo a Jesucristo y a su Padre. Cobra importancia aquí la necesidad de abrir el corazón a la acción del Espíritu Santo para que, bajo su guía, hablen con seguridad y humildad, pues es este mismo Espíritu el que guió al que es único Maestro y Señor: «Cuando Jesús terminó este discurso, la gente estaba admirada de cómo enseñaba, porque lo hacía con autoridad y no como sus maestros de la Ley» (Mt, 28-29).






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