Editorial

junio 9, 2014

Espíritu Santo

Mons. Salvador Rangel Mendoza nos asegura que Pentecostés es una nueva oportunidad para que como cristianos reflexionemos sobre su acción en nuestro mundo, en la Iglesia y en cada uno de nosotros.

>El Espíritu Santo es el artífice de toda la santidad de la Iglesia, es quien da los frutos de santidad y de perfección que surgen en cada instante. Es el que santifica a la Iglesia y la enriquece con sus dones.

Sólo su Espíritu nos puede conducir a recuperar nuestra verdadera identidad, abandonando caminos que nos desvían una y otra vez del Evangelio.

La Iglesia es templo del Espíritu Santo. El Espíritu es como el Alma del Cuerpo Místico, principio de su vida, de la unidad en la diversidad y de la riqueza de sus dones y carismas. (CEC 809)

Las repetidas epíclesis del Espíritu celebradas en la liturgia hacen de ella un perpetuo Pentecostés a través del tiempo y del espacio con todos sus efectos.

Se comprende, por tanto, la importancia del Espíritu Santo para la espiritualidad del fiel: en la acción litúrgica, el Espíritu Santo es el que hace la palabra de Dios viva y eficaz en cada participante (Cf. Heb 4,12). La palabra proclamada en ella no sería acogida por los fieles sin la acción del Pneuma sagrado.

Las primeras comunidades cristianas se preocuparon por diferenciar bien el bautismo de Juan que sumergía a las gentes en las aguas del Jordán; y el bautismo de Jesús, que comunicaba su Espíritu para limpiar, renovar y transformar el corazón de sus seguidores (Cf. Hch 19,2-5). Sin ese Espíritu de Jesús, la Igle se apaga y se extingue.

Sólo el Espíritu de Jesús puede poner más verdad en el cristianismo actual. Sólo su Espíritu nos puede conducir a recuperar nuestra verdadera identidad, abandonando caminos que nos desvían una y otra vez del Evangelio. Sólo ese Espíritu nos puede dar luz y fuerza para emprender la renovación que necesita hoy laIglesia.

El papa sabe muy bien que el mayor obstáculo para poner en marcha una nueva etapa evangelizadora es la mediocridad espiritual. Lo dice de manera rotunda. Desea alentar con todas sus fuerzas una etapa “más ardiente, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin, y de vida contagiosa”. Pero todo será insuficiente “si no arde en los corazones el fuego del Espíritu Santo”.

Sólo ese Espíritu nos puede dar luz y fuerza para emprender la renovación que necesita hoy la Iglesia.

Por eso, Francisco busca para la Iglesia de hoy “evangelizadores con Espíritu” que se abran sin miedo a su acción y encuentren en ese Espíritu Santo de Jesús “la fuerza para anunciar la verdad del evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente”.






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