CATEQUESIS

febrero 17, 2014

Fraternidad en la familia, ¿por qué a veces los hermanos no se llevan bien?

Por: Pbro. J. Jorge García Arroyo / Arquidiócesis de Tulancingo 

El seguimiento a ciertas  recomendaciones aquí plasmadas, ayudarían a que estos problemas no superen la unidad familiar.

El problema tiene muchas raíces y se produce por motivos distintos.

En algunos casos es debido a errores de los padres en la educación de sus hijos, o un problema surgido entre los mismos hermanos en un momento puntual de su desarrollo infantil o juvenil.

Primer paso: sembrar el amor.

Es grave error suponer que por vivir en la misma casa y tener la misma sangre surgirá de modo espontáneo el afecto y cariño entre los hermanos. El amor se construye día a día, a base de educación, de renuncia al propio egoísmo, de apertura al otro, por medio de un trato que vaya más allá de los saludos habituales entre quienes viven bajo el mismo techo.

Desde pequeños hay que conseguir que cada hijo aprecie, respete y ame a sus hermanos, enseñándoles a no encerrarse en su pequeño mundo y abrirse a sus hermanos con el mismo cariño, o incluso superior, con el que se abren y tratan con sus amigos.

Segundo paso: cultivar el amor.

La vida familiar implica continuos roces. Que haya conflictos es lo más normal del mundo, pero… saber superarlos con paciencia y, sobre todo, con respeto nacido del cariño, va más allá de las simples reglas de justicia, porque restablece los lazos que unen a los hermanos entre sí. Es posible que antes de ir a Misa los padres pidan a sus hijos que se disculpe y lo ofrezcan por las faltas cometidas con su hermano.

Tercer paso: acrecentar el amor.

Una y otra vez es necesario convivir con amor fraterno. Tratar que el amor sea preservado y custodiado, y a veces también “curado” entre hermanos es el mejor fruto de la siembra paterna y la mejor manera de vivir con alegría el Evangelio, dejando de lado los propios gustos para servir al prójimo más prójimo: el propio hermano. En la oración se encontrarán maneras y fórmulas para lograr esa armonía que existe, que es posible y que hace tan hermosa la vida familiar: gran tesoro y don maravilloso de Dios destinado a crecer.

 






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