Vocación y Misión

julio 8, 2019

Hacia una cultura vocacional

Pbro. Aldo Trejo Bautista / Diócesis de Tula

«Mientras conversaban y discutían, el mismo Señor Jesús se acercó a ellos y se puso a caminar a su lado» (Lc 24,15).

Así comienza una de las más profundas experiencias de acompañamiento y discernimiento, pues en el encuentro con el Resucitado despeja las nubes del miedo, la duda, la falta de esperanza, ante unos discípulos que parecían haber perdido todo.

El Señor no se muestra invasivo, sino que camina con ellos, en su dolor y angustias; no deja de prestarles atención.

«Después de haberlos escuchado, el Señor dirige a los dos viajeros una palabra incisiva y decisiva, autoritaria y transformadora… con dulzura y fuerza, el Señor entra en su morada, permanece con ellos y comparte el pan de la vida» (DF 58).

Ante este itinerario pedagógico vocacional queremos ofrecer una serie de reflexiones basadas en los últimos documentos de Iglesia que nos hablan de los jóvenes y la vocación, impulsándonos a generar caminos nuevos para una cultura vocacional.

Ante este itinerario pedagógico vocacional queremos ofrecer una serie de reflexiones basadas en los últimos documentos de Iglesia que nos hablan de los jóvenes y la vocación, impulsándonos a generar caminos nuevos para una cultura vocacional.

«Jesucristo es el joven entre los jóvenes para ser ejemplo de los jóvenes y consagrarlos al Señor. La juventud es una etapa original y estimulante de la vida, que el propio Jesús vivió, santificándola» (ChV 22; DF 63).

Con su vida nos recuerda cómo ha de ser y vivirse cada etapa de la existencia humana, especialmente el fiel seguidor de Cristo: «Teniendo una confianza incondicional al Padre, cuidando de sus amistades, siendo fieles, compadeciéndose de los más débiles, excluidos, pobres, descartados, enfrentando con valentía las situaciones de injusticia, siendo pacientes ante las contrariedades de la vida, no teniendo miedo al fracaso, poniendo la confianza en Dios, movidos por la fuerza del Espíritu» (cfr. ChV 30-32).

Así, con la sana mirada de Jesús y experimentando su amor y ternura, se puede proyectar un futuro esperanzador que no está exento de problemas o dificultades, pero se nos asegura la presencia permanente del Señor, «hasta el fin del mundo» (cfr. Mt 28,19s).

Pero eso exige que haya quien los escuche, de frente a las inquietudes; acompañantes que con paciencia y presencia les ayuden a que puedan recorrer su propio camino, lleno de aprendizaje, apostando a su libertad y responsabilidad, cuestionando su propio modo de vivir (cfr. DF 70).

El recorrido de la vida en la etapa de la juventud es claro, pero transitorio, pues empuja a un nuevo horizonte, la vida adulta. Por ende, es importante aprender a tomar decisiones asumiendo la responsabilidad de la misma.

El mundo en el que nos desarrollamos experimenta una vivencia de la cultura de lo provisional, que provoca un miedo a lo definitivo, rechazo al compromiso.

En la medida en que se liberan de esta atadura y salen de sí mismos para el encuentro con el prójimo, el corazón se abre a la dinámica del amor, como nos lo señala el Papa Francisco.

«¡Esta es la única manera de lograr una felicidad auténtica y duradera! De hecho, la misión al corazón de la gente no es una parte de mi vida, o un adorno que puedo quitar, no es un apéndice, o un momento entre los muchos de la existencia. Soy una misión en esta tierra, y para eso me encuentro en este mundo» (ChV 69; EG 273).

El misterio de la vocación

«Vino Yahvé, se paró y llamó como las veces anteriores: ‘¡Samuel, Samuel!’ Respondió Samuel: ‘Habla, que tu siervo escucha’» (1Sam 3,10).

 

 






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