Editorial

septiembre 19, 2012
 

El camino más corto no es siempre el mejor.

Cuarenta años duró la travesía de los hebreos por el desierto en su caminata a la Tierra Prometida. Cuatro décadas caminaron un viaje que regularmente no debería de haber durado más de unas pocas semanas. Pero no era apremiante llegar a la Tierra Prometida; Dios, en sus designios, vio más necesario hacerlos caminar por el desierto y ahí cambiar la mentalidad del pueblo de Israel. Hacerlo pasar por la prueba y purificar a toda una generación malvada y necia, de manera tal que aquel pueblo guiado por Moisés a través del Mar Rojo, no fue el mismo que entró en la Tierra Prometida.
También Cristo se internó 40 días en el desierto en ayuno y oración (Mt 41). A Él mismo se le acercó el tentador para desviarlo de su camino, pero Él lo enfrentó con una elección decisiva: la de seguir al pie de la letra los mandatos de su padre, Dios.
Nosotros somos invitados por la Iglesia a emprender nuestro viaje de 40 días en esta Cuaresma; que no trata sólo de ir a “tiznarnos” la frente el Miércoles de Ceniza y de practicar algún acto de abstinencia y sacrificio los viernes. Es una invitación a cuestionarnos sobre la disyuntiva de seguir viviendo de acuerdo a nuestras necedades y pecados, o aprender como Cristo que «no sólo de pan vive el hombre».
Cuaresma es para los que nos enajenamos buscando riquezas, individualizándonos y relativizándonos. Cuarenta días para quienes desprecian al hermano y lo encierran en cárceles de ignorancia y soledad; o también para los que andamos por la vida como si Dios no existiera, o pensando que, si existe, hay que echarlo a un lado, y subordinarnos al poder de dioses que pretenden sustituirlo.
La Cuaresma, cuarenta días solo en el desierto, es la dura prueba a la que se sometió el pueblo de Dios y también Jesucristo, y con ella nos enseñó que Dios es la opción definitiva de libertad en todo hombre. Y también aprendimos –de paso– que Dios nunca abandona a los que creen en Él, por difíciles o peores que sean o parezcan las circunstancias de la vida.