Editorial

noviembre 5, 2013

Jornada Mundial de las Misiones

Mons. Juan Pedro Juárez Melendez nos invita a participar en esta obra tan importante de contribución en nuestra Iglesia.

El veinte de octubre próximo, Dios mediante, celebraremos la Jornada Mundial de las Misiones, establecida para que el pueblo de Dios pueda participar en la obra de evangelización en todo el mundo. En cada diócesis, y por tanto, en cada parroquia y demás comunidades, se nos invita a  promover el sentido de la participación misionera a través de esta Jornada (Can. 791). Es el momento en que el pueblo de Dios, en todo el mundo, reflexiona conjuntamente, ora y ofrece su contribución material para las necesidades de la evangelización y para el desarrollo de las Iglesias jóvenes.

La misión, entendida como llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra, sigue siendo un factor de atracción, agregación y creatividad apostólica, es por eso que el pueblo de Dios siente su gran fascinación y con celo está dispuesto a prestar su colaboración, cuando se ve involucrado.

Constatamos en muchos momentos, y con alegría, que la palabra de Dios corre veloz y el Evangelio se arraiga en muchas partes del mundo gracias a la generosidad y el testimonio, a menudo heroícos, de muchos hermanos y hermanas en la Fe. Sin embargo, no podría  llevarse a cabo sin la contribución espiritual y material a las misiones, pues  las necesidades de las Iglesias que se abren a la evangelización aumentan.

En Aparecida, los obispos nos han invitado a crecer en este espíritu misionero no como un evento a celebrarse cada año, sino como una Iglesia que está en permanente estado de misión. Por ello, la Gran Misión Continental tiene como objetivo el de promover la conciencia y la acción misionera permanente, para que el espíritu misionero penetre todas nuestras vidas y en las estructuras pastorales de la Iglesia.

Muchos agentes de pastoral todavía no vibran con este llamado misionero, preocupados sólo por lo que hacen habitualmente, anclados en un pasado cuya validez no se discute sin apertura a los nuevos requerimientos del Espíritu. Al respecto, Aparecida nos recuerda que debemos pasar «de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera, (…) con nuevo ardor misionero, haciendo que la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera» (370).

«Este afán  y anuncio misionero tiene que pasar de persona a persona, de casa en casa, de comunidad a comunidad» (550). Por ello, se nos pide «poner a toda la Iglesia  en estado permanente de misión» (551). «No a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido a Cristo… y con valor y audacia apostólicos» (552) lo llevan a las demás.

Ojalá que esta Jornada Mundial de las Misiones despierte en cada bautizado el misionero que lleva dentro de sí y venza la vacilación o la mediocridad que a menudo nos impide poner a Jesucristo en los labios y en el corazón de todos los hombres.

 






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