Editorial

febrero 3, 2015

La alegría en la Vida Consagrada

Mons. Juan Pedro Juárez Meléndez nos recuerda el tiempo designado por el papa para orar por quienes han atendido el llamado de Dios.

La Vida Consagrada es un don para la Iglesia, es el motor de la fe, presencia evangelizadora. A razón de ello, el santo padre Francisco, desde el 30 de noviembre de 2014, ha iniciado un tiempo de gracia para la Iglesia, el cual se extenderá hasta el 2 de febrero de 2016.

Este periodo está pensado en el contexto de los 50 años del Concilio Vaticano II y en particular de las 5 décadas de la publicación del Decreto Conciliar Perfectae caritatis, sobre la renovación de la Vida Consagrada. Es por eso, una hermosa ocasión para recordar‘con memoria grata’ este pasado reciente.

Precisamente, en preparación a este tiempo de gracia, la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica dio a conocer el 2 de febrero de 2014 fiesta de la Presentación del Señor la carta circular Alegraos, dirigida a los consagrados y las consagradas bajo la luz del magisterio de Francisco: «Quería decirnos una palabra, y la palabra era alegría. Siempre, donde están los consagrados, siembre hay alegría». «El Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría». Así inicia el documento de la Congregación Vaticana, citando palabras del papa.

Desde el principio han habido cristianos consagrados totalmente a Dios. Esta manera de vivir existirá siempre en la Iglesia porque la promueve el Espíritu Santo en el corazón de los hombres y las mujeres. Es una forma de seguimiento radical de Jesús con la profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia.

Aquellos a quienes conocemos con el nombre genérico de “religiosos” y “religiosas” son personas que, dóciles a la llamada de Dios, han escogido este camino de especial seguimiento de Jesucristo para entregarse a Él con un corazón no dividido. Como los apóstoles, también ellos lo han dejado todo para estar con Cristo y para ponerse al servicio de Él y de los hermanos.

Todos conocemos a algunos porque se dedican a la enseñanza, a la atención de las personas mayores, al cuidado de los enfermos,a la asistencia de los pobres y marginados, especialmente en estos momentos de grave crisis económica, social, cultural y moral. No obstante, sigue siendo válida esta pregunta: ¿cómo valoramos la religiosidad entregada plenamente a Dios y al servicio de los hermanos?

El sentido y el contenido de la Vida Consagrada sólo se pueden entender con una profunda visión de fe que se alimenta y se mantiene con la oración.

Los gestos y las acciones siempre tienen un lenguaje más elocuente que las palabras. Las verdaderas periferias no son sólo aquellas geográficas, sino las del espíritu. Salir de la casa para ir a éstas no es una evasión, sino un compromiso evangélico y carismático que nos reclama profundamente hoy. No debemos evitar el desafío de establecer relaciones con los más pobres y lejanos; de tener una mirada de ternura hacia los jóvenes más necesitados. Ir hacia las periferias del espíritu es encontrarse con la crisis de valores, comprometerse en hacer descubrir la alegría de ser de Cristo, testimonios de la fe en Él.

Los religiosos y las religiosas son testigos cualificados de la fe porque han consagrado su vida a Cristo, dejándolo todo para vivir en la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad; signos concretos de la espera del Señor. Un tiempo muy activo en estas personas, tanto en la alabanza y en la plegaria de intercesión por el mundo, como promoviendo acciones en favor de la justicia para realizar hoy la palabra del Señor que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos.

En este Año de la Vida Consagrada hagamos llegarles nuestra oración y gratitud por su fidelidad a la llamada del Señor y por la contribución que han hecho y hacen a la misión de la Iglesia, pidiendo además que Dios siga suscitando entre los jóvenes, abundan- tes y santas vocaciones.






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