Para conocer sobre liturgia

enero 9, 2018

La celebración semanal del domingo

 

Por: Hna. M. Guadalupe Puente Cuevas / Misionera de Jesús Hostia

«No podemos vivir sin celebrar el día del Señor», sea en las grandes ciudades o en los pueblos pequeños.

La vida moderna ha complicado mucho las cosas. Hay que reconocer que no facilita precisamente la práctica del domingo, sobre todo en las grandes ciudades, pero este día ha conocido di cultades mayores aún.

Por ejemplo, en los tres primeros siglos, el primer día de la semana entre los judíos o el día del sol entre los romanos, nombre primitivo de nuestro domingo, era día de trabajo; ello obligaba a los cristianos a reunirse antes de la salida del sol para celebrar la Eucaristía.

Peor aún se pusieron las cosas a raíz de la prohibición por Diocleciano. Un grupo de fieles de la provincia romana de Abitinia, al norte de África, fueron detenidos en el año 304 con el sacerdote Saturnino.

Sometidos a tortura, acusados por desobedecer el decreto imperial, respondieron así a sus acusadores: «Hemos hecho muy conscientemente esto de celebrar el domingo la cena del Señor, porque no puede espaciarse la cena del Señor y no podemos vivir sin celebrar el día del Señor» (Actas de los mártires). Con razón a estos cristianos se les conoce como los mártires del domingo.

Una tradición de origen apostólico

Causa admiración la entereza de aquellos cristianos. Constituye un claro testimonio de fidelidad a una práctica que debieron recibir al mismo tiempo que la fe y la vida sacramental. No en vano, como enseña el Concilio Vaticano II, el domingo se celebra «en virtud de una tradición que se remonta al día mismo de la Resurrección de Cristo» (Sacrosanctum Concilium 106).

En efecto, el domingo surgió entre los cristianos de la primera hora, que independientemente de la práctica judía del sábado, celebraban el día de la Resurrección del Señor.

Jesús, en la tarde del día primero de la semana, después de su Resurrección, se manifestó a los discípulos reunidos para mostrarles las señales de su pasión, explicarles las Escrituras, hacerles donación del Espíritu Santo, partir el pan y confiarles la misión salvadora (cfr. Mc 16,14- 18; Lc 24,36-49; Jn 20,19- 23). Ocho días después se les volvió a aparecer de forma análoga (cfr.Jn 20,26-29).

San Pablo, al escribir a los corintios la primera carta, hace una petición que constituye un testimonio de la celebración del domingo fuera de Palestina: «Cada primer día de la semana, cada uno de ustedes reserve en su poder y vaya reuniendo lo que logre ahorrar, a fin de ayudar a la comunidad de Jerusalén»(1Cor16,1-3).

Por su parte, los Hechos de los Apóstoles (20,7-12) describen una celebración que tuvo lugar en Tróade, al término de la visita que San Pablo hizo a la comunidad que residía allí y que había fundado (cfr. 1 Cor 3,12); «Era día primero de la semana y estaban todos reunidos para partir el pan en la sala superior de la casa, iluminados por abundantes lámparas» (v.7-8).

Otro testimonio interesante

Se encuentra en el Apocalipsis (1,10), y tiene el extraordinario valor de ser la primera y única vez en que el día primero de la semana aparece con su nombre cristiano de día del Señor en las páginas de la Escritura.

Se trata del día en que el vidente del Apocalipsis «fue arrebatado en espíritu» y recibió la revelación descrita en el libro. Ese día era kyriaké, o sea, señorial, adjetivo derivado de Kyrios, el Señor resucitado (cfr. Hch 2,36). Este calificativo es el que da lugar a la palabra latina dominicus (dies) o dominica, de donde se deriva la palabra en español domingo.

 

 






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