Para conocer sobre liturgia

mayo 7, 2018

La Eucaristía dominical

Hna. M. Guadalupe Puente Cuevas / Misionera de Jesús Hostia

En determinados ambientes hay que vencer el todavía existente clericalismo, la rutina, la monotonía y el pietismo individualista de los fieles.

Desde que empezó a surgir el deseo de una renovación litúrgica, y sobre todo, desde que en el siglo XX don Lambert Beaudin (monje que buscó la participación activa en la celebración) empezó a trabajar en la renovación de la Misa parroquial de los domingos, el esfuerzo pastoral más grande que se ha hecho en torno de la celebración del día del Señor ha estado centrado en la asamblea eucarística.

Aquellos pioneros comprendieron enseguida la importancia que tiene la Misa del domingo para la animación-renocación de la fe de las comunidades, y a ella encaminaron todos sus esfuerzos.

El Concilio Vaticano II insistió de algún modo en el interés por la Misa parroquial, al decir: «Hay que trabajar para que ofrezca el sentido comunitario parroquial, sobre todo en la celebración común de la Misa dominical» (SC 42).

Sin embargo, queda aún mucho por hacer para que las Eucaristías dominicales sean una verdadera celebración, de acuerdo con los tres grandes momentos simbólicos que el Vaticano II recuerda de forma expresa cuando habla del domingo.

«En este día los fieles deben reunirse para que, escuchando la Palabra de Dios y participando de la Eucaristía, se acuerden de la pasión, de la Resurrección y de la gloria del Señor Jesús y den gracias».

En determinados ambientes hay que vencer el todavía existente clericalismo, la rutina, la monotonía, el pietismo individualista de los fieles. En estos casos resulta decisivo el papel que tienen que cumplir los cantos, las moniciones y la homilía.

Es aquí donde hay que subrayar también la importancia que tiene el ministerio de la presidencia, verdadero servicio eclesial de la que depende, en resumidas cuentas, el anhelado cambio, porque el presidente es el primer responsable de la celebración, él es quien debe llamar y poner en marcha a los demás ministros.

Es el que, junto al equipo litúrgico, prepara la celebración y, ya durante la misma, acoge a la asamblea, la dirige, la anima, la exhorta; debiendo desempeñar estos servicios siempre con humildad.

Es el momento de valorar la Eucaristía, de agradecer a Dios que hay presbíteros que nos actualizan el sacrificio redentor y que podemos participar de manera activa y plena en la Eucaristía dominical.

Tres grandes momentos simbólicos

a) Reunirse. No es solo el acto de acudir juntos a la iglesia, sino formar comunidad, constituir la asamblea, el pueblo sacerdotal; la asamblea dominical es el primer signo de la fiesta del Señor.

b) Escuchar la Palabra. No es sólo oír unas lecturas y una homilía. La comunidad se hace Iglesia en virtud de la Palabra de Dios que le fue entregada como legado y que debe asumir, vivir y obedecer. Este es el momento del diálogo entre Dios y su pueblo. La homilía es particularmente significativa en todo este conjunto porque en ella se reparte el pan de la Palabra que da vida, se unen así vida y celebración y se da paso al rito.

c) Participar en el convite sacrificial. Mediante la memoria del misterio pascual, la acción de dar gracias al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo, por la oblación de sí mismos, muriendo junto con Cristo a nuestras malas inclinaciones, a nuestro pasado lleno de pecado, y mediante la comunión

 

 

 






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