Para conocer sobre liturgia

agosto 25, 2017

La oración de la tarde

Hna. M. Guadalupe Puente Cuevas / Misionera de Jesús Hostia

Es la verdadera columna de luz que guía al hombre hasta su encuentro con Dios; Él es quien abre el camino.

Esta oración cierra el día con la alabanza de gratitud y se celebra «en acción de gracias por cuanto se nos ha otorgado y por cuanto hemos logrado realizar con acierto». (Ordenación General de la Liturgia de las Horas No. 39)

En esta hora la Iglesia hace memoria de la redención al recordar el sacrificio-ofrenda de la Eucaristía, sacrificio vespertino consumado en la cruz «que representa la cumbre de los siglos».

El día ha comenzado con alabanzas a Cristo resucitado como sol que nace de lo alto, y se termina orientándonos con la esperanza hacia la luz que no conoce ocaso; Jesús resucitado es celebrado en esta hora como la luz del mundo (Jn 8,12), abierto a todos los hombres por su presencia reveladora.

Es la verdadera columna de luz que guía al hombre hasta su encuentro con Dios; Él es quien le abre el camino en medio de la oscuridad del mundo.
«La oración de la Iglesia es oración que Cristo, unido a su cuerpo, eleva al Padre» (OGLH 8). Es la hora en que la Iglesia, junto con cada creyente, eleva, como incienso en presencia del Señor, el aroma de su oración, de su amor y servicio en Cristo en medio del mundo y de los hombres.

La reunión de los elegidos, aquellos a los que Dios preparó como primicias, tiene un cometido especial dentro del conjunto de la creación: redoblar las energías para llevar la Buena Nueva de Cristo a los que están fuera.

Es la hora en que la Iglesia se pone ante Dios consciente de su fragilidad, con la voluntad de abrir su corazón para que sea llenado con la fuerza de Cristo, porque cada día es para el creyente una prueba de su amor y de su fidelidad al Evangelio, que no debe detener su esfuerzo por crecer y perfeccionar; cada día descubre, a medida que avanza en el camino, que su compromiso es más serio y radical.

La alabanza invade el corazón de cada uno hasta hacerlo gritar: ¡Padre! Une este grito al clamor que nace de toda la Iglesia. Cristo está en el centro de este clamor: Él es el ‘sí’ en el cual el Padre cumple sus promesas.

Es también el‘Amén’ que nosotros ofrecemos al Padre: «Todas las promesas de Dios han tenido su ‘sí’ en Él. También es por Él por quien nosotros decimos nuestro Amén a la gloria de Dios» (2 Cor 1,20).

La oración de la tarde brota al ritmo de la Palabra de Jesús (Jn 15,7), de manera que entre Él y la Iglesia exista una sintonía de amor, por la que ambos oren en la misma dirección hacia el Padre: «Recibe, Padre santo, el ruego y la alabanza que a ti, por Jesucristo y por el consolador dirige en comunión tu amada y santa Iglesia; abramos nuestro espíritu a su infinito amor».

La oración litúrgica con su inspiración bíblica, dimensiones teológicas y fórmulas propias es el modelo de toda oración cristiana, personal y comunitaria.

Lo que prescribe la Iglesia

Oficio de las Lecturas, Oración de Laudes (mañana), Oración del Día (optar por una de las menores), Oración de Vísperas (Atardecer) y Completas (Oración de la Noche). Estas incluyen las antífonas apropiadas, así como las oraciones, salmos, cánticos, himnos, y responsorios que aparecen en el breviario.

Para todo el clero, religiosos y religiosas, el Oficio Divino es una obligación formal; su primer cometido es orar por el pueblo y en nombre del pueblo que se les ha encomendado.

Lo ideal es que el clero rece con su pueblo en cuanto sea posible.

 

 

 

 

 

 






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