Articulo

julio 10, 2019

Modos de responder al llamado de Dios en la Iglesia

Pbro. Luis Ángel Zamora Almaraz / Arquidiócesis de Tulancingo

Cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre.

En la Iglesia se le puede responder a Dios de dos maneras: como consagrado o como laico.

Consagrados. Son aquellos que han hecho de la opción por el Reino de los Cielos el auténtico sentido de sus vidas. Dicha opción se materializa en la ceremonia de consagración que lleva a la persona a entregar todo su ser al servicio de Dios.

Laicos. Son aquellos que en medio del mundo y de sus actividades cotidianas son invitados a transformarlo con su vivencia y testimonio de fe, desde sus ámbitos comunes, familia o trabajo, entre otros.

Ahora bien, dentro de estos modos de respuesta podemos encontrar formas de vida:

Consagrados

• Religiosos. Son aquellos hombres y mujeres que con la profesión de los votos evangélicos, bajo el carisma de la comunidad y al servicio del pueblo de Dios, han entregado su vida para bien de la Iglesia.

Aquí encontramos las órdenes religiosas, las comunidades religiosas y misioneras, todas con sus carismas propios: contemplación, misión, educación, trabajo parroquial, defensa de la fe, apología o predicación.

• Sacerdotes. Son aquellos varones que participan del ministerio ordenado, del único sacerdocio que es de Jesús, y que ponen toda su vida al servicio exclusivo del Pueblo de Dios. Hay algunos que son sacerdotes pero que también pertenecen a órdenes o congregaciones religiosas.

Laicos

• Matrimonio. Son aquella pareja (hombre- mujer) que mediante un consentimiento mutuo, delante de Dios y su ministro, han decidido unir sus vidas para permanecer en fidelidad, alegría y responsabilidad toda la vida; esta unión se ve bendecida por los hijos.

• Soltería. Debemos aclarar que la soltería no es una última opción, sino un llamado a compartir su vida con los demás pero sin alguna atadura; y de compartir su vida de consagración a Dios sin ser consagrado, sino por una constante renovación de la voluntad de seguir.

No quiero ignorar que aunque estas son los modos más comunes en la Iglesia, no son los únicos, sino que de un modo parecido hay diversas formas de amar a Dios: pensemos por ejemplo en la viuda, la madre soltera o los migrantes; no debemos mirarlos como una vocación, sino como un modo de responder.

Ningún modo de respuesta es más o menos importante, pues Dios ha dotado de diversidad a las vocaciones que hace florecer en la Iglesia. Y tampoco debemos olvidar el llamado último que recibimos antes de llegar a la presencia de Dios y que debe ocuparnos más atención y cuidado en todo momento: el llamado a la santidad.

«Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre».

PODEMOS DEDUCIR:

  • Dios es el que llama; en cada momento de la vida.
  • Llama para algo; el llamado de Dios no nos envía al buzón de voz, sino que nos pone en comunicación directa con Dios.
  • El llamado es para servir: el llamado de Dios no es un acto egoísta, sino un acto de especial donación al servicio de los demás.
  • Dios siempre tiene un plan: todo sucede para bien de los que aman a Dios, así que todo llamado nos acerca al plan salvífico de Dios.
  • Requiere una respuesta: Dios no deja de timbrar en nuestra vida hasta que decidimos contestar ese llamado.

 






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