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noviembre 14, 2018

Nuestro amigo Yahvista nos ayuda a explicar las consecuencias del pecado

Por: Pbro. Jorge Luis Anaya Merino / Arquidiócesis de Tulancingo

La reacción de Dios es de búsqueda del hombre para restablecer la comunión rota. 

En primer lugar estar desnudos (Gen 3,7). La desnudez significa estar bajo el cuidado de otro. La humanidad estaba bajo el cuidado de Dios, y a su vez, la mujer bajo el cuidado del hombre y el hombre bajo el cuidado de la mujer.

Ahora ya no es posible y se tratan de defender uno del otro, ocultándose: «Oyeron luego el ruido de los pasos del Señor Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y la mujer se ocultaron del Señor Dios por entre los árboles del jardín… Te oí andar por el jardín y tuve miedo» (3,8-9).

La segunda consecuencia del pecado se manifiesta en la falta de responsabilidad personal y, en consecuencia, culpar al otro a quien se ha visto como enemigo: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí… la serpiente me sedujo, y comí» (3,12-13).

El acto de comer juntos significa comunión. Cuando se come con otra persona no solo se realiza el acto fisiológico de la nutrición, sino que se socializa, se comparte el tiempo y el diálogo, se pone en común la vida, se vive en comunidad.

Pero bajo el signo del pecado la comida que debería ser de por sí comunión, se vuelve ruptura y separación, se ve al otro como enemigo del cual hay que defenderse.

Pero ante esta consecuencia de la ruptura con la comunión con Dios por el pecado, la reacción de Dios es de búsqueda del hombre para restablecer la comunión rota.

Las preguntas de Dios al hombre no son de juicio condenatorio, sino de expresión de Misericordia: «¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido a caso del árbol del que te prohibí comer?» (3,11).

Si en ese momento el hombre hubiera asumido su responsabilidad ante el pecado y le hubiera pedido perdón, Dios habría perdonado al hombre y habría restituido la comunión con él como de hecho lo hizo en su Hijo Jesucristo: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

 

 

 

 






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