Maestro digno

junio 29, 2016

Para educadores de buena voluntad

Por: Dra. Lourdes Lavaniegos lourdes.lavaniegos@gmail.com

El papa Francisco dijo ante el Programa Mundial de Alimentos: «Es necesario desnaturalizar la miseria»; dejar de verla como algo natural, como parte inevitable. Debiéramos entender esto como una resonancia de la bienaventuranza: «Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia…» (Mt 5, 6), y decidir si queremos pertenecer al grupo de los que serán saciados de justicia.

Es injusto que en nuestra avanzada sociedad existan pobres; si educamos bien, nuestros alumnos se contagiarán de nuestra sed de justicia y colaborarán a desarmar las causas de esta tragedia.

Pero es urgente pensar en otras miserias que abundan en nuestras aulas: la miseria del niño golpeado y la de la niña sobreprotegida, la miseria de quien busca venganza y aquella de quien no conoce a Dios como padre amoroso; la miseria del triste y la del envidioso.

Lo primero es verificar que no causamos la posibilidad de que alguien se sienta miserable: por tratarlo con desprecio o con indiferencia, por no reconocer sus esfuerzos, por pedirle tareas más allá de su potencial, por permitir que se le maltrate o por colaborar a arraigarlo en la ojera.

No es fácil ser maestro, pero el premio por desnaturalizar todo esto que suele verse como “normal” y luchar por la justicia es enorme: ¡seremos saciados!

¡Que el Señor nos dé luz para descubrir las miserias que nos rodean y fuerza para derrotarlas!






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