Noticias

Mayo 11, 2015

Peregrinación anual diocesana a la Basílica de Guadalupe

Síntesis de la homilía que pronunció Mons. Salvador Rangel Mendoza a los pies de la nuestra Tonantzin Guadalupe.

Doy la bienvenida a mis hermanos sacerdotes y también saludo a nuestros seminaristas y a las religiosas que hoy quebrantaron la clausura, como las madres Agustinas, a quienes les di permiso para que vinieran.

Y con todo cariño les damos la bienvenida a todos ustedes como laicos. Yo sé que han hecho un gran esfuerzo; ahora que veníamos en peregrinación, desde la glorieta de Peralvillo, vi sus caras, su amor a Dios, su amor a la Virgen, su devoción. Con qué piedad cargaban sus velas, con qué piedad rezaban y cantaban y, sobre todo, con qué amor ustedes le han traído muchas rosas a la Santísima Tonantzin Guadalupe. Yo sé que cada vela, que cada rosa, que cada oración es un acto de amor y devoción, porque sabemos que nuestra Diócesis de Huejutla ama a Dios, pero con más cariño también ama a nuestra Tonantzin Guadalupe.

El santo padre Francisco y algunos cardenales han hecho la presentación a toda la Iglesia de una Bula, una carta oficial del papa, en la Puerta de las Indulgencias, la cual lleva por nombre Misericordiae Vultus, que significa el Rostro de la Misericordia. Este regalo nos lo quiso hacer llegar para que a partir de noviembre dediquemos todo un año a meditar en la Misericordia de Dios en cada uno de nosotros; y, en nuestro caso, el amor y la misericordia de la Virgen de Guadalupe, nuestra Tonantzin.

La homilía que quiero dirigirles propiamente no es mía. Me puse a estudiar todos los escritos del papa Francisco, en los que nos habla de la Misericordia de Dios, ya que este segundo Domingo de Pascua estamos celebrando el Día de la Misericordia.

Hoy celebramos la octava de la Resurrección de Jesucristo y en este ambiente festivo ha tocado la peregrinación anual de nuestra Diócesis de Huejutla a este santuario de nuestra Tonantzin Guadalupe.

En el Evangelio de hoy, el apóstol Tomás experimenta precisamente esta misericordia de Dios, que tiene un rostro concreto el de Jesús Resucitado. Tomás no se fía de lo que dicen los otros Apóstoles: «Hemos visto el Señor»… ¿Cuál es la reacción de Jesús? La paciencia. Jesús no abandona al terco Tomás en su incredulidad; le da una semana de tiempo, no le cierra la puerta; Jesús espera. Y Tomás reconoce su propia pobreza y también su poca fe: «Señor mío y Dios mío». Con esta invocación simple, pero llena de fe, responde a la paciencia de Jesús. Se deja envolver por la misericordia divina, la ve ante sí, en las heridas de las manos, de los pies y el costado abierto, y Tomás así recobra la confianza en Jesús.

La misericordia es uno de los temas más importantes del pontificado del papa Francisco, y ahora, cuando el mundo tiene tanta necesidad de perdón, de reconciliación y de paz, ha convocado a un año Santo de la Misericordia, al “Jubileo Extraordinario de la Misericordia”, el cual comenzará con la apertura de la Puerta Santa en la Basílica Vaticana durante la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre de este año, y concluirá el 20 de noviembre de 2016, con la solemnidad de Cristo Rey del Universo.

Continúa el papa diciendo: “Estoy convencido de que toda la Iglesia podrá encontrar en este Jubileo la alegría de redescubrir y hacer fecunda la misericordia de Dios, con la cual todos somos llamados a dar consuelo a cada hombre y cada mujer de nuestro tiempo. Lo confiamos a partir de ahora a la Madre de la Misericordia, a María Santísima para que dirija a nosotros la mirada la vele en nuestro camino”.

“La Misericordia de Dios -continúa diciendo el papa- puede hacer florecer hasta la tierra más árida y revivir incluso a los huesos secos, recordando a Ezequiel. Acojamos la gracia de la Resurrección de Cristo. Dejémonos renovar por la Misericordia de Dios, dejémonos amar por Jesús, dejemos que la fuerza de su amor transforme también nuestras vidas; y hagámonos instrumentos de esta misericordia, cauces a través de los cuales Dios pueda regar la tierra, custodiar toda la creación y hacer florecer la justicia y la paz”.

El papa también expresó: “Recordemos a Pedro, quien tres veces niega a Jesús precisamente cuando debía estar más cerca de él; y cuando toca el fondo encuentra la mirada de Jesús que, con paciencia, sin palabras, le dice: «Pedro, no tengas miedo de tu debilidad, confía en mí»; y Pedro comprende, siente la mirada de amor de Jesús y llora. Qué hermosa es esta mirada de Jesús, cuánta ternura”. Hermanos y hermanas, no perdamos nunca la confianza en la paciencia misericordiosa de Dios.

También, el papa nos cuenta otra experiencia: “A mí me produce siempre una gran impresión releer la parábola del padre misericordioso… el padre con paciencia y amor, con esperanza y misericordia no había dejado ni un momento de pensar en el hijo. En cuanto lo ve, todavía lejano, corre a su encuentro y lo abraza con ternura, la ternura de Dios, sin una palabra de reproche… Dios siempre nos espera, no se cansa. Jesús muestra esta paciencia misericordiosa de Dios para que recobremos la confianza, la esperanza, siempre y en todo lugar”.

Recuerdo ese documento del papa en el que nos habla que no tengamos miedo de ser tiernos con los demás, que la ternura no es debilidad, sino es una bienaventuranza y una fortaleza para con los demás.

La paciencia de Dios debe encontrar en nosotros la valentía de volver a Él, sea cual sea el error, sea cual sea el pecado que exista en nuestra vida… Es precisamente en las heridas de Jesús que nosotros estamos seguros, ahí se manifiesta el amor inmenso de su corazón. Esto es importante: la valentía de confiar en la misericordia de Jesús, de confiar en su paciencia, de refugiamos siempre en las heridas de su amor.

Recuerdo que el papa nos dice también que el amor, el perdón y la misericordia de Dios es infinitamente más grande que el más grande de nuestros errores y de nuestros pecados.

Continúa el papa expresando: “Creo que también nosotros somos este pueblo que, por un lado, quiere oír a Jesús pero que, por otro, a veces nos gusta hacer daño a los otros, o hacemos daño a los demás sin darnos cuenta. Nos gusta condenar a los demás. El mensaje de Jesús es éste: la misericordia. Para mí, lo digo con humildad, -dice el Papa- es el mensaje más fuerte del Señor: la misericordia”.

A Él le gusta que se le cuenten estas cosas, nuestras debilidades. “Él se olvida, tiene una capacidad especial de olvidar. Se le olvida, te besa, te abraza y te dice solamente: ‘Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más’.

“Conmueve la actitud de Jesús: no oímos palabras de desprecio, no escuchamos palabras de condena, sino solamente palabras de amor, de misericordia que invitan a la conversión: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más». Y, hermanas y hermanos, el rostro de Dios es el de un padre misericordioso que siempre tiene paciencia. ¿Han pensado en la paciencia de Dios, la paciencia que tiene con cada uno de nosotros? Ésa es su misericordia. Siempre tiene paciencia, paciencia con nosotros, nos comprende, nos espera, no se cansa de perdonarnos si sabemos volver a Él con el corazón contrito. «Grande es la misericordia del Señor», dice el Salmo.

Necesitamos comprender bien esta misericordia de Dios, es padre misericordioso que tiene tanta paciencia… Recordemos al profeta Isaías, cuando afirma que, aunque nuestros pecados fueran rojos como la escarlata, el amor de Dios los volverá blancos como la nieve. Es hermoso, esto de la misericordia de Dios.

Roguemos juntos a la Virgen María y en este caso a nuestra Tonantzin Guadalupe para que nos ayude a caminar en la fe y en la caridad, confiando siempre en la misericordia del Señor: Él siempre nos espera, nos ama, nos ha perdonado con su sangre y nos perdona cada vez que acudimos a Él. ¡Confiemos siempre en su misericordia!

Queridos hermanos y hermanas, dejémonos envolver por la misericordia de Dios; confiemos en su paciencia que siempre nos concede tiempo; tengamos el valor de volver a su casa, de habitar en las heridas de su amor dejando que Él nos ame, de encontrar su misericordia en los sacramentos.

Sentiremos su ternura, tan bella, sentiremos su abrazo y seremos también nosotros más capaces de misericordia, de paciencia, de perdón y de amor hacia los demás.

Todavía, el papa tiene frases hermosas sobre la misericordia: “Qué hermosa es esta realidad de la fe para nuestra vida: la Misericordia de Dios. Un amor tan grande, tan profundo el que Dios nos tiene, un amor que no decae, que siempre aferra nuestra mano y nos sostiene, nos levanta y nos guía”.

“Dios nos espera siempre, aun cuando nos hayamos alejado. Él no está nunca lejos, y si volvemos a Él, está preparado para abrazarnos”.

“El estilo de Dios no es impaciencia como a veces somos impacientes nosotros, que frecuentemente queremos todo y enseguida, también con las personas. Dios es paciente con nosotros porque nos ama, y quien ama comprende, espera, da confianza, no abandona, no corta los puentes, sabe perdonar. Él nunca se cansa de perdonar, pero nosotros a veces nos cansamos de pedir perdón”.

“¡No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca! Él es un Padre amoroso que perdona siempre, que tiene un corazón de misericordia para todos nosotros. Y también nosotros aprendamos a ser misericordiosos con todos. Invoquemos la intercesión de la Virgen de Guadalupe que ha tenido entre sus brazos la Misericordia de Dios hecha hombre”.

María de Guadalupe es esa madre de la misericordia, que en este bendito lugar del Tepeyac, su casita nos la muestra en cada momento. Decía la Santísima Virgen: «Quiero mucho y deseo vivamente que en este lugar me levanten mi templo. En donde mostraré mi amor, lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto: daré a las gentes todo mi amor personal, mi mirada compasiva, mi auxilio y salvación».

Continúa diciendo la Santísima Virgen: «Porque yo soy vuestra Madre misericordiosa, de ti, y de todos los hombres que viven unidos en esta tierra, y de todas las personas que me amen, los que me hablen, los que me busquen y los que en mí tienen confianza. Allí en ese templo les escucharé sus lloros, sus tristezas, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias y también sus dolores».

«Oye, decía la Madre Santísima a Juan Dieguito, oye y pon bien en tu corazón, hijo mío el más pequeño: nada te asuste, nada te aflija, tampoco se altere tu corazón, tu rostro; no temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad o algo molesto, angustioso o doliente».

Y estas palabras preciosas de la Santísima Virgen esa madre misericordiosa que nos dijo: «¿No estoy aquí yo, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en donde se cruzan mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?».

Amén. Que así sea.






0 Comments


Seras el primero en commentar!


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *