Para conocer sobre liturgia

agosto 14, 2019

¿Por qué hay que arrodillarse durante la celebración Eucarística?

Por: Redacción / Aleteia

Estamos en el corazón de la plegaria Eucarística: el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre del Señor Jesús.

He notado, en Misa, una tendencia. Quizás me equivoque, pero me parece que la actitud de arrodillarse en algunos momentos de la Misa se está perdiendo. Es algo que estoy viendo en varias iglesias: en el momento de la consagración, muchos permanecen de pie, alguno se sienta, unos pocos se arrodillan.

 Lo mismo después de la Comunión. ¿Es solo una impresión mía? ¿Es algo aceptable? ¿O es un gesto litúrgico y debería respetarse, a menos que una persona no tenga impedimentos reales? (Marco Filippi)

Responde Roberto Gulino, profesor de Liturgia

Por desgracia no es solo una impresión: a menudo se asiste, durante las liturgias Eucarísticas, a una variedad de comportamientos que indican la poca conciencia de lo que hacemos más que la celebración de una acción sacramental comunitaria.

Hay quien durante el canto se calla (aunque conozca el texto y la melodía), quien prefiere recitar el Gloria, el Credo o el Padrenuestro susurrando: “Para rezar mejor, interiormente…”, eso dicen.

O quien decide personalmente qué postura seguir y cuál evitar: “Sabe, padre, yo después de la comunión ya no me levanto hasta que salgo de la Iglesia, me quedo sentada, creo que es mejor estar en intimidad con Jesús”.

Haciendo así, sin embargo, olvidamos – o muchas veces ni sabemos – que la naturaleza profunda y más íntima de la Liturgia es precisamente ser oración de la Iglesia; es decir, del cuerpo místico de Cristo, que en el Espíritu Santo está siempre vuelto al Padre.

Esta esencia eclesial de la Liturgia nos pide que participemos en la celebración con una atención comunitaria, rezando juntos con las mismas palabras y con los mismos gestos, insertándonos completamente en la oración de toda la comunidad que, con un solo corazón y una sola alma, celebra a su Señor.

Por eso, en una celebración litúrgica como la Misa, o en las demás acciones sacramentales – bautismo, confirmación, matrimonio, exequias… – «la actitud común del cuerpo, que deben observar todos los participan- tes, es signo de la unidad de los miembros de la comunidad cristiana reunidos para la sagrada Liturgia: manifiesta de hecho y favorece la intención y los sentimientos del alma de quienes participan» (Ordenamiento General del Misal Romano, n° 42).

Es necesario, por tanto, rezar juntos y realizar comunitariamente los mismos gestos como signo de comunión y para vivir la dimensión eclesial de la oración litúrgica (diversa de la oración personal).

Lo dicho hasta ahora vale también, y sobre todo, para la postura de rodillas: la Iglesia nos pide, a través de las indicaciones contenidas en el OGMR n° 43, arrodillarnos en el momento de la consagración.

Estamos en el corazón de la plegaria Eucarística: el pan y el vino se convierten – a través de la invocación del Espíritu Santo y las palabra de la institución – en el Cuerpo y la Sangre del Señor Jesús.

En este momento también nuestro cuerpo es invitado a expresar en la oración toda la adoración, el respeto y la reverencia por la grandeza del amor de Dios que se renueva en el don total de Cristo en la cruz y en su hacerse alimento por nosotros en su Cuerpo y su Sangre.

Y frente a tanta grandeza, de rodillas, queremos expresar también nuestra pequeñez, nuestra humildad, nuestra necesidad de acoger su don para nuestra salvación.

Claramente no siempre es posible que todos se pongan de rodillas: baste pensar en motivos ligados a la edad, a problemas de salud o a circunstancias ligadas al lugar de la celebración (demasiado pequeño o demasiado lleno de gente).

 

 






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