Editorial

diciembre 2, 2015

¿Queremos un México de marihuanos?

Por: Pbro. Octavio Iñiguez Rivera / Diócesis de Huejutla

Qué triste y trágico que ministros de lo que debería ser la conciencia moral de la nación (la SCJN) sentencien a partir de una ideología (el liberalismo) y no desde la búsqueda imparcial de la verdad.

Como los fanáticos de un equipo de fútbol, que se truenan los dedos antes de un partido importante, así muchos mexicanos vivieron con expectación los días previos a la sentencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), referente a un amparo contra los artículos de la Ley General de Salud, que prohíben el consumo de la marihuana por motivos de puro placer.

Al darse a conocer, el 4 de noviembre, el fallo favorable al amparo, diversos personajes y medios de comunicación gritaron eufóricos su ¡Gooool!, y calificaron la fecha como día histórico.

Desapasionadamente, pero con justa preocupación por el futuro de nuestra patria, y a la luz de los valores humanos y cristianos, pensemos lo que sigue:

Nadie puede ignorar ni callar algo que es evidente: la concesión del amparo fue una forma “decente” de abrir la puerta a la legalización: de aquí en adelante las solicitudes del mismo tipo se presentarán en cascada y se creará jurisprudencia, porque desde ahora se está presionando al Congreso de la Unión para que dicte leyes favorables al libre consumo de la droga.

Qué triste y trágico que ministros de lo que debería ser la conciencia moral de la nación (la SCJN) sentencien a partir de una ideología (el liberalismo) y no desde la búsqueda imparcial de la verdad. Porque el principio: “Cada quien es libre de hacer con su cuerpo lo que le parezca”, es un típico sofisma del pensamiento liberal.

Sí, sofisma: porque si se le acepta se tienen que aceptar sus consecuencias. Por ejemplo: por la misma sinrazón, nadie tendría derecho de obligar a los niños y jóvenes a asistir a la escuela, ni sus padres podrían exigirles que lo hicieran.

Contra toda sensatez se está claudicando ante la tiranía del principio del placer: si es para darse gusto, todo se vale, no sólo hacerse daño a sí mismo, sino también a los demás y a la sociedad.

Porque sólo un ciego puede no ver que la “libertad” de esclavizarse a una droga degrada a los ciudadanos y, al quitarles el control de su vida, siembra semillas de violencia. Es una mentira interesada afirmar que fumar marihuana no hace daño a los demás.

Si cada quien es una isla que puede hacer de su vida lo que le parezca, ¿en dónde queda la sociedad y todo lo que ella implica? ¿Es así como se contribuye a construir una patria sana, segura, unida y solidaria?

Con desparpajado aplomo, pero sin fundamento objetivo se asegura también que la legalización de la marihuana traerá automáticamente consigo la disminución de la violencia y será un golpe certero contra el narcotráfico. Sueños guajiros, que la experiencia desmiente.

Quienes defienden el libre consumo de la marihuana deberían ser lógicos: si la libertad individual y una supuesta disminución del narcotráfico y la violencia justifican la legalización de la marihuana, con mayor razón habría que despenalizar todas las drogas. E, igualmente, todas la leyes que tratan de evitar que los individuos y las sociedades se arruinen.

Por otra parte, sabemos en qué niveles anda buena parte de la educación escolarizada en México. Ahora bien, el favorecer la dependencia (léase esclavitud, despersonalización) no va a hacer más que empeorar la situación. Con una mano se va a destruir fácilmente lo que con la otra decimos que estamos luchando por levantar.

El liberalismo ya nos impuso la legalización del aborto, la ideología de género, los “matrimonios” gay… ¿qué sigue? Puede que lleguen a querer hasta “legalizar el pecado”, aunque prácticamente ya piensen haberlo hecho. Y los católicos, ¿qué estamos haciendo para impedírselo?






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