Editorial

marzo 20, 2015

San José, protector de las vocaciones y patrono de la buena muerte

Por: Pbro. Miguel Á. Rangel Ordoñez / Diócesis de Tula

Nos llena de asombro descubrir los tesoros del misterio de Jesucristo en este santo que acompañó a Jesús y María desde siempre.

El apóstol San Pablo dice: «En Jesucristo se encuentran todos los tesoros de la gracia y de la sabiduría de Dios» (Col 2,3). Lo que no refiere es cuántos siglos necesitará la Iglesia para hallarlos.

San Juan de la Cruz, quince siglos después de San Pablo, tiene un escrito maravilloso en el que manifiesta que Jesucristo es como una especie de mina, en la cual se van encontrando venas y vetas de yacimientos. Pero también dice que cada una se abre a otras galerías; y que por eso, el trabajo de encontrar la riqueza de Jesús es una labor inacabada e inacabable.

Creemos que se necesita tiempo para que se vea todo lo que hizo el misterio de Jesucristo en este hombre. Sin embargo, el primer paso que tenemos que dar es quitarnos la idea de un alguien simplemente bueno o de una montaña de cualidades. ¡No!

José pertenece a la historia de un pueblo que ha celebrado y ha quebrantado una alianza, que se ha visto humillado por la realidad, pero que se sabe depositario de las promesas de Dios.

En José se da el equilibrio preciso entre saberse llamado por Dios y saber que el que me ha llamado y el que me conduce es el Señor y solamente Él. En José se da el equilibrio entre saberse sostenido por Dios y saber que no hay ningún otro apoyo más que el de Él mismo.

De ahí que aparezca al final de una historia de empobrecimiento que tiene su ápice en tener que tomar presurosamente a su esposa y a su niño para salir a Egipto a repetir el destierro. ¡Al final de una historia de humillaciones y al principio de una historia de gracia!

¿Qué podemos recibir de él? ¡Vivir nuestra propia vocación! ¡Vivir lo que Dios nos da y cómo nos sostiene!

Desde hace mucho tiempo se sabe que José es el gran protector de las vocaciones. También se le conoce como patrono de la buena muerte. Hoy en día, y en nuestra cultura occidental, se ha llegado a valorar que la buena muerte es aquella que tiene lugar sin que la persona que la padece se dé cuenta de lo que está ocurriendo. Y la fe nos dice lo contrario: la enfermedad y la agonía son una ocasión de gracia para preparar el encuentro; es uno de los momentos cumbres de nuestra vida. El vigor físico decae muy pronto, la agilidad psicológica entra en declive un poco más tarde, pero la salud espiritual alcanza en la agonía su corona.

¡Jesús, José y María, asistidle en su agonía!

Con esta asistencia podemos pensar que todo contribuyó a que su muerte fuese preciosa y ante los ojos del Señor. La Iglesia la compara con la hora de un sueño pacífico, como el de un niño que se adormece sobre el seno de su madre; con una antorcha aromática que se consume a medida que arde y que muere exhalando el perfume suave de su sustancia. La muerte de los santos es siempre envidiable, porque todos lo hacen en el beso del Señor, pero ese beso no es más que un dulce y precioso sentimiento de amor.

La santa muerte de José ha producido preciosos frutos sobre la tierra. Fue como aromatizada del suave perfume que deja tras de sí una santa vida y una santa muerte, y dio a los cristianos un potente protector en el cielo cerca de Dios, especialmente para los agonizantes.

Cualquiera que invoque a San José en la última batalla, incluso si fuera violenta, atraerá la victoria. Bendito, por eso, quien coloca su confianza en este santo patriarca y une al exhalar su último suspiro el santo nombre de José a los de Jesús y María.

Queridos lectores, admirémonos al saber encontrar sin desesperación y sin lamentos que esta historia humana, la tierra y el mundo se agota. Pero sobre todo, llené- monos de confianza y tranquilidad por la intercesión de San José que nos ayude a tener un oído dirigido a los cielos para recibir la voz del Señor que nos llama y ser dirigidos por el espíritu hacia la plenitud de la realización de la gracia.






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