Articulo

septiembre 4, 2017

Sufrimiento intenso y la constante actividad apostólica del padre Pío

Pbro. Mariano Cerón Rojo / Diócesis de Tula

Las cinco llagas de la pasión del Señor aparecieron en su cuerpo, los dolores en pies y manos fueron los primeros signos de los estigmas.

El padre Pío nació el 25 de mayo de 1887 dentro de una familia humilde de agricultores en Pietrelcina, pequeña ciudad al sur de Italia. Se unió al noviciado de los Capuchinos a la edad de 15 años, aún con su frágil salud completó los estudios para ser ordenado sacerdote el 10 de agosto de 1910.

El 20 de septiembre de 1918, las cinco llagas de la pasión del Señor aparecieron en su cuerpo, los dolores en pies y manos fueron los primeros signos de los estigmas; como muchos otros santos, Pío tenía algunos dones extraordinarios como la capacidad de realizar milagros, bilocación, leer los corazones y el de la profecía.

Se decía que quien participara en su celebración Eucarística no podía quedar tranquilo en su pecado. Después de la Santa Misa se sentaba en el confesionario por largas horas, le daba preferencia a los hombres, pues decía que eran los que más necesitaban del sacramento.

Al ser tantos los que acudían a la confesión, fue necesario establecer un orden, aunque confesarse con el padre Pío podía tomar tres o cuatro días de espera. Son muchos los impresionantes testimonios y las emotivas conversiones generadas a través del Sacramento de la Reconciliación con él. Se decía que era severo con los curiosos, hipócritas y mentirosos; pero amoroso y compasivo con los verdaderamente arrepentidos.

Uno de los dones que más impresionaba a la gente era que podía leer los corazones. También muchas personas recibieron su consejo y guía espiritual a través de cartas espirituales. Toda su vida estuvo marcada por largas horas en oración y austeridad continua. Sus escritos a sus directores espirituales revelan el sufrimiento inefable, tanto físico como espiritual, que lo acompañó durante su ministerio pastoral; aunado a su profunda unión con Dios y su ardiente amor a la Eucaristía y a la Santísima Virgen María.

Agotado por más de medio siglo de sufrimiento intenso y constante actividad apostólica en San Giovanni Rotondo, donde estaba su monasterio, Pío fue llamado a la casa del Padre el 23 de septiembre de 1968.

A su funeral público asistieron un gran número de fieles, y su cuerpo fue enterrado en la cripta de la Iglesia de Nuestra Señora de Gracia.

El proceso diocesano para la beatificación del Padre Pío terminó el 21 de enero de 1990. Su Santidad, el papa Juan Pablo II lo beatificó el 2 de mayo de 1999 y años después fue canonizado el 16 de junio de 2002.

Un número creciente de peregrinos visita su tumba de todas partes del mundo y muchos dan testimonio, gracias espirituales y temporales recibidas por su intercesión.

 

 






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