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enero 3, 2019

Tu vocación es misión, discipulado y misión

Por: Diac. Aldo Trejo Bautista / Diócesis de Tula
  • La llamada del Señor tiene un propósito, un sentido que transforma, renueva, cautiva la vida de cada persona. 

«Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda creatura» (Mc 16,15). Esta es una necesidad imperiosa de todo el que ha tenido un encuentro con el verdadero Dios por quien se vive.

Nadie queda indiferente ante tal acontecimiento y esa Buena Noticia ha de ser pregonada por todo el mundo, tal y como lo mostraron los pastores, un gozo que tenían que compartir con otros: «Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como se les había anunciado».

Esto mismo experimentaron los apóstoles, como nos lo recuerda Benedicto XVI, al hacer alusión a la Eucaristía: ¡Qué emoción debió embargar el corazón de los apóstoles ante los gestos y palabras del Señor durante aquella cena! (SaC 1).

Esa misma fuerza del Espíritu la encontramos en el texto de los discípulos de Emaús, dos compañeros de viaje derrumbados por ver a su Señor muerto en una cruz, pero al convivir con el Resucitado y reconocerlo en la fracción del pan no dudaron en ir presurosos a compartirlo con los demás (cfr. Lc 24,13-35).

Al llamar a los suyos para que lo siguieran y estuvieran con Él (cfr. Mc 3,13), Jesús les da un encargo muy preciso: anunciar la Buena Noticia, el Reino, a todas las naciones (cfr. Mc 16,15; Mt 28,19-20).

Aquí observamos una simbiosis hermosa entre el envío -la misión- y el llamado -la vocación- porque Dios llama a los que Él quiere, a los que Él ama, y porque me ama mi vida tiene un fuerte sentido, una misión; ¡mi vida es misión!, no por mí, sino por el amor que Dios ha derramado sobre mi existencia.

Es así como el discípulo-misionero se convierte en un testigo creíble del Reino. No por la elocuencia de sus palabras, sino por el amor transformador de aquel encuentro profundo con una persona, la del verbo encarnado.

Compartimos la misma misión de Jesús, toda la Iglesia está llamada a vivir tan grande realidad: «Por esto, todo discípulo es misionero, pues Jesús lo hace partícipe de su misión, al mismo tiempo que lo vincula a Él como amigo y hermano. De esta manera, como Él es testigo del misterio del Padre, así los discípulos son testigos de la muerte y Resurrección del Señor hasta que Él vuelva. Cumplir este encargo no es opcional, sino parte integrante de identidad cristiana, porque es la extensión testimonial de la vocación misma» (Ap 144).

De tal forma que la llamada del Señor tiene un propósito, un sentido que transforma, renueva, cautiva la vida de cada persona y a la vez empuja a ser primero en el amor, compartirlo, llevarlo, comunicarlo.

Siempre al expresar la misma pasión que el Señor Jesús da hacia los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que se manifiesta en el amor gratuito y la fraternidad solidaria.

OBJETIVO CLARO

Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar y liberar. Es de esta forma que tu vocación tiene sentido porque es misión.

 






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