Iglesia en América Latina

abril 7, 2015

Un pueblo resucitado

Por: Pbro. Cutberto Ramírez Gutiérrez / Diócesis de Tula

Es común, en nuestras comunidades que la celebración de la Semana Santa esté fuertemente marcada más por el sentido del dolor, del sacrificio y del sufrimiento de Cristo, que por su Resurrección gloriosa y su victoria sobre la muerte y el pecado.

Nos conmueve su camino a la cruz, por lo que nuestros templos se llenan de una multitud de gente, especialmente el Viernes Santo. Entre las imágenes más apreciadas por nuestro pueblo son las de Jesús en su agonía o aquellas con su rostro ultrajado y desfigurado. Con todo lo bueno que ello tiene para evangelizar, para hacernos conscientes del amor de Dios por la humanidad, no deberíamos quedarnos sólo con eso.

Si nos conmueve la pasión de Cristo, nos debería conmover también el sufrimiento y dolor de tantos hermanos, quienes muchas de sus vidas tienen más estaciones que el viacrucis. Deberíamos comprometernos para aliviar ese camino de sufrimiento y ayudarles a resucitar a una nueva vida más digna y plena.

Nuestro pueblo parece más crucificado que resucitado. Sumido en el dolor, la pobreza, la injusticia, la corrupción y la violencia. Debemos dar ese paso. Es decir, tener una sociedad que luche por su libertad, que se aparte del pecado, de la corrupción, de la injusticia, de la pobreza y de todo aquello que le impide vivir en plenitud.

Luchemos por ser un pueblo resucitado. Que viva, experimente y comparta este triunfo de Jesús. Estamos viviendo la victoria de Jesús sobre el pecado y sobre la muerte. Generemos vida a nuestro alrededor, vivamos con alegría, mantengamos la esperanza frente a cualquier adversidad, venzamos la maldad y el pecado con la fuerza del amor.

Que cada día podamos decir como aquel himno de Pascua: “Resucitó, de veras mi amor y mi esperanza”.






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