Editorial

julio 6, 2019

¡Vacaciones! Tiempo para descansar y para el discernimiento vocacional

MONS. JOSÉ HIRAÍS ACOSTA BELTRÁN OBISPO DE HUEJUTLA

Jóvenes y adolescentes, sin duda que como personas en edad estudiantil, al término de un curso escolar en el cual después de haber estudiado intensamente, experimentan cansancio o fatiga, lo cual es comprensible.
Muchos iniciarán un periodo de vacaciones,tiempo que significa cambio de actividad, y de esa manera aprovecha para el merecido descanso.
Algunos quizás en centros recreativos, otros quizá tengan que trabajar para ayudarse en sus estudios.
Además del descanso y del trabajo las vacaciones son una gran oportunidad para pensar, para reflexionar sobre la vocación; es decir, aquello para lo cual estamos llamados por nuestro Creador a hacer de nuestra vida para realizarnos como personas.
En cualquier etapa de los estudios, tanto adolescentes como jóvenes se preguntan: ¿qué seré? ¿Qué podré ser? ¿Dónde continuar mis estudios? Si estudio tal carrera ¿cuánto voy a ganar? ¿Qué carrera me me dará más prestigio o más dinero?

El Papa, en la Exhortación Apostólica Christus vivit, dirigida a los jóvenes, en los números 278-286, nos habla del discernimiento vocacional que consiste en descubrir ante todo lo que vivimos si es el vino nuevo que viene de Dios, del espíritu del mundo o del espíritu del diablo.

El discernimiento supera la razón y la prudencia, pues trata de entrever el misterio del proyecto único e irrepetible que Dios tiene para cada uno; está en juego el sentido de nuestra vida ante el Padre que nos conoce y nos ama, el verdadero “para qué” de nuestra existencia que nadie conoce mejor que Él.

Para un discernimiento adecuado, Francisco recomienda espacios de silencio y soledad, pues se trata de una decisión personal y seria.

El Señor nos habla a través del trabajo, del estudio y de las personas, pero no debemos prescindir del silencio de la oración para interpretar mejor el significado de las inspiraciones que recibimos, para calmar las ansiedades y recomponer el conjunto de nuestra existencia a la luz de Dios; el silencio significa disposición a escuchar al Señor, pues en una distracción cómoda no lo reconocemos.

Para discernir la vocación hay que iniciar con varias preguntas, pero no cuestionarnos dónde se podría ganar más dinero o dónde se podrá obtener más fama y prestigio social, ni preguntar qué tareas nos darán más placer.

Para no equivocarnos hay que comenzar preguntándonos: ¿me conozco más allá de las apariencias o de las sensaciones? ¿Conozco lo que alegra o entristece mi corazón? ¿Cuáles son mis fortalezas y mis debilidades? ¿Cómo puedo servir mejor y ser más útil al mundo y a la Iglesia? ¿Cuál es mi lugar en esta tierra? ¿Qué podría ofrecer a la sociedad?

Luego siguen otras preguntas muy realistas: ¿tengo las capacidades necesarias para prestar ese servicio? ¿Podría adquirirlas o desarrollarlas? Cuestiones que deben situarse no tanto en relación con uno mismo y sus inclinaciones, sino con los otros, frente a ellos, plantear la propia vida en referencia a los demás.

Por eso, dice el Papa, quiero recordarles la gran pregunta. «Podemos pasar perdiendo tiempo preguntándonos: pero ¿quién soy yo? Pregúntate: ¿para quién soy yo?». Eres para Dios, sin duda. Pero Él quiso que seas también para los demás, y puso en ti muchas cualidades, inclinaciones, dones y carismas que no son para ti, sino para los otros.

Para discernir la propia vocación hay que reconocer que es un llamado de un amigo: Jesús. A los amigos, si se les regala algo, se les regala lo mejor. Cuan- do el Señor piensa en cada uno, en lo que desearía regalarle, piensa en Él como un amigo personal.

El tiene planeado regalarte una gracia, un carisma que te hará vivir tu vida en plenitud y transformarte en una persona útil para los demás, en alguien que deje una huella en la historia.

Así pues, jóvenes, el Señor puede regalarles una profesión, un buen trabajo, los puede llamar a vivir el matrimonio, o como solteros, y así podrán realizarse, ser felices, servir a Dios y a los demás; pero también puede llamarlos a su servicio en el sacerdocio, en la vida religiosa o misionera o como agentes de pastoral laicos. Estén atentos a la llamada del Señor a través de su Santo Espíritu.

 

 






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