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Como Iglesia que peregrina en Tula, queremos decirles a todos los damnificados y a sus familias, que no están solos

El niño Alexis Valladares corre por una de las calles más afectadas por las inundaciones que causó el río Tula, viste una playera verde y se le notan gotas de lodo en su rostro.

Lleva en sus manos un jalador de agua, sus zapatos están completamente llenos de lodo; ayuda a sus padres.

A las afueras de su casa están muebles, su ropa, cobijas, aparatos, la tele y juguetes, pero ya no sirven; todo es pérdida, están enlodados, contaminados por aguas negras.

A un costado un bote de basura lleno, y a su tope, frente al casa marcada con el número 9, bien sentadito está un Niño Dios. Vestido como si se tratara del 2 de febrero, con su mano levantada; intacto, solo un poco salpicado de lodo.

Luego de percatarse, Alexis corre a quitar la imagen del bote de la basura, recoge también un crucifijo y dos imágenes de la Virgen de Guadalupe. “Guárdalo, Él te salvó”, le aconseja Elsa Romero, integrante de Cáritas que no ha parado de recorrer zonas de desastre repartiendo víveres, pero también esperanza a los afectados.

Alexis accede a la cámara de Luz de Luz, su madre dice que no hay problema, que ellos son “bien católicos”. Ambos logran sonreír en un rostro desencajado.

En la calle 3 de la colonia 16 de Enero todos lo perdieron todo. Alexis ve por primera vez muy de cerca a soldados; los uniformados ayudan a sus vecinos a sacar lodo de las casas. Aplican el Plan DN-III-E.

Mientras, otras mujeres corren por comida, cobijas, ropa y zapatos. También las observa. Nunca lo olvidará.

Muy cerca, a escasas manzanas, las mismas imágenes. Familias enteras intentando limpiar calles, patios y casas; hombres sacando en carretillas lo que eran muebles y electrodomésticos.

“Nadie nos avisó”, dice uno; “salí a la calle porque escuché gritos”, dice otro; “ya no pudimos salir, en minutos el agua llegó a nuestros cuellos”, dice alguien más.

“Salvé a mis hijos, a mi esposa, los subí al techo y ahí estuvimos hasta las cuatro de la mañana, hasta que el agua se estabilizó”, dice uno de los afectados. Completa: “Soy católico”.

Una barda perimetral cayó sobre la prolongación Juan Rulfo, destruyó el callejón, el agua se coló a casas y sótanos, lo que propició un efecto dominó que del otro lado de la manzana dejó casas inhabitables, con daños estructurales.

Todos muestran fracturas en sus hogares: “Es un riesgo latente”, explican; piden ayuda, apoyo.

Son vecinos del señor Juan Gómez, él vivía hasta el último lote, en el “Bordo del Río Rosas”. La corriente del río Tula creó un boquete en una barda, el ruido lo despertó y le salvó la vida.

Fue en esa zona donde el río Tula se unió con el río Rosas. Impensable. La corriente destruyó su casa de lámina y cartón, se llevó sus pocos muebles y arrasó con sus cultivos. “De eso vivía”, explica. Luego solloza; “padezco de asma”, se justifica.

Tula sufrió la peor inundación de su historia, han confirmado autoridades. Más de 30 mil viviendas en el municipio, miles de damnificados que se quedaron sin muebles, ropa, calzado, bienes, nada. Fallecidos en un hospital que no se quedaron sin ventilación mecánica.

Lanchas, camiones, pipas, camionetas, carros y hasta motonetas han llegado a las zonas con la esperanza de ayudar, y de entre ellos un ejército de personas de buena voluntad, como el que dirige la hermana “Rafa”.

En la Casa de la Cristiandad el salón de usos múltiples se convirtió en un gran centro de acopio. De tiempo completo, demás religiosas y laicos separan ropa, zapatos, despensas, víveres y productos de limpieza.

Luego llegan camionetas a ser abastecidas de víveres para repartir, pero también se cargan de hombres y mujeres, jóvenes y señoritas con el ímpetu de ayudar, de confirmar que la caridad reina en Tula.

Allá van sacerdotes, religiosas, los de Cáritas y grupos juveniles, laicos. Viven jornadas largas, entre subir, bajar, caminar, repartir, encuestar, cargar… apoyar, confortar, animar. A su regreso ya los espera otro grupo de ayuda, ahora ellos se alimentan.

El centro de acopio opera por más de 12 horas diarias, coordinado por religiosas Jerónimas y de la Sagrada Familia, y se abastece de la ayuda parroquial, diocesana y provincial.

De ahí diario sale la hermana “Rafa”, escoltada de gente de buena voluntad, cargada de víveres y sobre todo de esperanza para llegar hasta niños como Alexis y a adultos como Juan Gómez, dos de las miles de personas damnificadas que dejó aquella madrugada del 7 de septiembre en Tula.