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La Feria de San Francisco, en honor al santo de Asís, nació con mercancías de la región que llegaban a vender vecinos de Omitlán, Real del Monte, Huasca, Atotonilco el Grande, Tizayuca, San Agustín Tlaxiaca, San José Tepenené, Estanzuela, Cerezo, El Chico y Carboneras

Crédito. Arq. Luis Corrales Vivar-Cravioto

La pandemia del Covid-19 propició que las grandes celebraciones en Pachuca se suspendieran, y que por el momento hayan quedado de lado la feria tradicional, en las inmediaciones del exconvento de San Francisco y Parque Hidalgo, así como la organizada por el gobierno del estado al sur de la ciudad.

Fiesta

Las celebraciones de la fiesta y fechas cercanas tienen su origen hacia el siglo XVIII, cuando Pachuca poco a poco se fue haciendo franciscana y el 4 de octubre era no solo la fiesta en el convento, sino en la feria de la ciudad y la fiesta de la región.

Fue así que nació la Feria de San Francisco, en honor al Santo de Asís, con mercancías de la región que llegaban a vender vecinos de Omitlán, Real del Monte, Huasca, Atotonilco el Grande, Tizayuca, San Agustín Tlaxiaca, San José Tepenené, Estanzuela, Cerezo, El Chico y Carboneras, entre otros.

En las inmediaciones del complejo arquitectónico se ponían puestos de alimentos, granos, alfarería, tejidos, juguetes de madera, santos, cirios, veladoras, inciensos y frutas y artesanías.

También pollos, cabras, cerditos, gallinas y guajolotes, borregos y chivos, pájaros y aves diversas, ardillas, tejones, tlacuaches y cacomixtles, burros y mulas; y por supuesto peces de estanques y animales acuáticos de charcos y arroyos llevaban los inditos y campesinas a vender a la Feria de Pachuca.

La ciudad se vestía de colores y de ruidos, música, danzantes, bandas, cohetes y pregones, bengalas y toritos, bajo el limpísimo cielo de octubre en Pachuca que quiere caerse de estrellas.

En el siglo XX la feria cobró tintes oficiales, gobiernos estatales empezaron a organizarla para aprovechar el momento para exposiciones ganaderas, agrícolas, comerciales e industriales, para beneficio económico e intercambio de mercancías y contrataciones; aunque la idea original siempre fue de los frailes del convento.

Franciscanos

Desde el siglo XVI los religiosos evangelizaron a la población de Pachuca y poblados vecinos como Real del Monte, Omitlán, Atotonilco el Grande, Mineral del Chico y Huasca.

Tuvieron especial atención en los niños, para lo cual establecieron escuelas y talleres para enseñar a una población mayoritariamente indígena no solo el catecismo católico, sino el idioma español, artesanías y otros aspectos desconocidos para los naturales de Pachuca.

Fray Baltasar de Medina dice que «los dieguinos (les llamaban así a los del convento de Pachuca y otros por depender del Convento de San Diego en la Ciudad de México) en Pachuca eran entre 18 y 20 religiosos».

Los franciscanos de Pachuca localizaron manantiales de agua en los montes de Cabrera y Buenavista, y construyeron un acueducto, llevaron el agua a Pachuca para servicio del Convento y para la plaza pública de la ciudad.

La segunda etapa de esta historia es la creación del Colegio de Propaganda Fidae (propagación de la fe) en 1733, que preparaba misioneros cuyas primeras actividades fueron la evangelización de pueblos y comunidades de los ahora estados de Puebla, Oaxaca, Michoacán, Jalisco  y San Luis Potosí, amén de las que realizaban anualmente en la Huasteca, la Sierra y alrededores, en el ahora estado de Hidalgo.

En esta etapa de 1733 a 1777, los frailes del Colegio de Pachuca realizaron sus misiones en la Sierra Gorda (Zimapán, Jacala, Pisaflores, La Misión y Pacula, entre otros lugares) como su primera experiencia misionera.

Fue así como en 1771 los frailes de Pachuca, al independizarse del Convento de San Diego en México, después de sus misiones en la Sierra Gorda, dirigieron sus afanes a misiones más lejanas en aquellas partes del país que no habían sido evangelizadas por orden alguna.

En esta época había en el Colegio de Pachuca más de 40 sacerdotes aparte de los clérigos y legos para hacer un total de 70 enclaustrados. En esta labor misionera, llena de sacrificios y de resultados espirituales, continuaron los franciscanos de Pachuca durante el resto del siglo XVIII y parte del XIX, hasta su exclaustración en 1860, después de la amortización de los bienes eclesiásticos que ordenaron las Leyes de Reforma.