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Hoy estas bienaventuranzas, si bien es cierto que se contraponen a todo nuestro mundo, a toda nuestra ambición, a toda la tendencia del hombre actual, vienen a dar el verdadero sentido del discípulo de Jesús y de su santidad

Mons. Enrique Díaz Díaz

Crédito. Mons. Enrique Díaz Díaz

La admiración por la persona de Jesús, su llamada y su mirada de amor buscan suscitar una respuesta consciente y libre desde lo más íntimo del corazón del discípulo, una adhesión a toda su persona, una invitación exultante a la santidad; hoy recordamos esa llamada.

Las bienaventuranzas, al contrario de lo que muchos piensan al contraponerlas a los diez mandamientos, vienen a dar el verdadero sentido de estos.

Recogen toda una tradición del Antiguo Testamento (AT) donde se nos presenta como dichoso quien se pone en manos del Señor, el que escucha sus palabras, el que sigue sus mandamientos.

Y hoy estas bienaventuranzas, si bien es cierto que se contraponen a todo nuestro mundo, a toda nuestra ambición, a toda la tendencia del hombre actual, vienen a dar el verdadero sentido del discípulo de Jesús y de su santidad.

Si nos detenemos a reflexionar en cada una de ellas encontraremos una gran veta de espiritualidad para el hombre actual.

La paradoja que presenta Jesús en ellas, expresa la verdadera situación del creyente en el mundo actual, tal y como la expresaba el apóstol Pablo: «Nos hemos convertido en la burla y espectáculo del mundo», «somos tenidos por impostores y sin embargo vivimos de la verdad».

Las bienaventuranzas proclamadas por Jesús a sus discípulos representan, de manera sintética, una nueva forma de comprender la acción de Dios en la humanidad.

Son una propuesta de vida, de felicidad y de alegría, pero no son solo palabras, sino que quien las lee con atención descubre una especie de biografía esbozada de la vida de Jesús.