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En realidad cuando el mundo habla de inclusión manifiesta su deseo de cavidad ideológica que niega su identidad natural, su sexualidad físico-psicológica, el engaño de la ciencia y atenta contra la familia

La Iglesia no cesa en educar con el Evangelio a sus hijos.

La Santa Madre Iglesia, instituida como Sacramento de Salvación, ha perseverado en mostrar al hombre su dignidad sagrada y por ende inviolable. 

Ella, dando nacimiento sagrado a hombres y mujeres, ejerce su ministerio como signo de inclusión dando voz a los sordos, luz a los ciegos y manifestando a los invisibles al mundo para que las autoridades constituidas en la sociedad velen por sus derechos, de los cuales el primero es la vida.

Hoy por hoy se habla de ser incluyentes, y así ciertos grupos sociales y sectores de gobierno buscan bajo este slogan ganar adeptos para una realidad de apariencia. 

En realidad cuando el mundo habla de inclusión manifiesta su deseo de cavidad ideológica que niega su identidad natural, su sexualidad físico-psicológica, el engaño de la ciencia y atenta contra la familia.

Es absurdo que el mundo hable de inclusión cuando se respaldan economías de injusticia que descartan a muchos condenándolos a la miseria y favoreciendo a la inseguridad social; también lo es cuando busca confrontar hombres contra mujeres, y lo es además, cuando suma pretextos para dividir y legislar contra la vida de tantos inocentes.

La Iglesia, maestra por y con autoridad divina, no cesa en educar con el Evangelio a sus hijos y a todos aquellos que están llamados a serlo, para que en el reconocimiento de su dignidad y educados en la consciencia construyan un espacio de armonía y comunión que muestre al hombre su ser Imagen y semejanza.